Un orgasmo que fue un aullido

Voy a contar
a los pájaros
que una vez volé más alto,
que una vez,
tus alas me llevaron
sobre países en donde se podría vivir,
por un momento,
sin recordar dolores,
sin huir de las soledades.

Me llelaron sobre valles
en donde el agua
nunca ha llevado
una lágrima,
en donde los bosques
respiran sin miedo
y hablan al oído.

Voy a contar
a las sirenas
que más abajo del mar
el silencio es tan melódico
que dos almas pueen bailarlo,
si fuera necesario,
si fuera posible,
durante toda la vida.

Voy a contarles
que más abajo del mar
bailamos nosotros dos,
una vez,
tal vez la única vez,
la última vez.

Pero sonreiré
cuando entiendan que,
aunque viva soñando con tu magia
atesoro el haberla probado
por única vez.

Me sentaré sobre los tejados
y llamaré a las estrellas
y a los gatos.
Les hablaré hasta el amanecer,
sobre el aire de la ciudad,
sobre la noche de tu reino,
llamaré a la luna,
a las brujas, a los dioses muertos,
a los que aún nos miran;
y el frío del viento los traerá.

Les hablaré sobre una vez,
sobre una sola vez
en que supe que en esta vida
cernimos montañas de equívocos
sin encontrar lo que queremos.
Excepto a veces,
muy pocas veces.

En la hora más fría de la noche,
cuando los diablos duermen
y los ángeles sueñan,
lloraré como el viejo
que me he molestado en ser.

Lloraré como el niño
que a veces despiertas.
En la hora más nocturna
lloraré.

Y les diré que no son
lágrimas de dolor
ni de ira.

Les diré sobre la melancolía,
sobre el silencioque reinó
una noche en mi corazón,
cuando después de mil escalofríos,
un orgasmo que fue un aullido,
y algunas frases al oído
debí dejarte,
cuando lo que más deseaba
era abrazarte
hasta el amanecer.

Con una tormenta en mi corazón,
con una tormenta de nieve
en mi corazón,
debí marcharme,
caminar por los laberintos
inundados de nostalgia.
Debí marcharme
y dejarte sola
cuando sólo quería
susurrar en tu oído,
hasta que el sol
nos interrumpiera.

Voy a contarles
a las sombras
que esa noche
te perdí un poco,
te dejé ir un poco.

No sé porqué.
Tal vez sobre todos los valles de luz,
los fondos de silencio
y las mareas abrasadoras
que atravesamos,
debí invocarte, retenerte.
Tal vez rechazarte,
tal vez huir,
para que no vieras
que en esa noche,
en la hora más oscura,
la más fría y silenciosa,
tú eras perfecta
y yo no era más que un amante,
un súbdito
de la diosa que te habías vuelto.

Despediré a mi público
antes de que salga el sol,
porque en esa noche,
cuando amanecía
tú dormias inocente,
y yo nunca volví a dormir como antes.

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