Buenas noches, Monita

Cada noche,
antes de dormirme,
me permito murmurar
“Buenas noches, Monita”.
A veces debo ahogar
las lágrimas en la almohada,
apagar los sollozos contra ella.
Es el dolor que llora, no yo.
No yo.

Es el dolor que te extraña,
el dolor quién te odia, no yo.

Prefiero pensar eso,
indefenso ante el acecho de la locura.
Prefiero pensar que no hay dolor,
que es sólo una ilusión.

No tenerte más, no poder hablarte
ni sentirte cerca,
más que para aliviar tu ausencia.

Qué amargo me he vuelto.
El miedo me rodea y
no puedo salir de su emboscada.

Qué amargo me he vuelto, mi niña,
de un tiempo a esta parte.

Locura. Locura solamente
queda para mí.
No hay esperanza, no me queda,
y es que en verdad no tengo nada.

Y ojalá, ojalá no sea cierto,
pues sino podré decir
con toda propiedad
y por primera vez en esta vida,
que no hay nada
que me retenga en la tierra.

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