Conociendo a Nethya

Tú habías sido mi compañera por cuatro años, en la universidad, pero ese curso era tan pequeño que por primera vez conversamos y nos conocimos algo más. ¿Qué sabía yo de tí? Absolutamente nada. Tus ojos de ámbar, tu sonrisa pícara, tus palabras a contraluz y yo, que me sentía todo un cabrón, no tenía ningún arma para seducir a una mujer como tú.

Pero ese día fui a devolverte un cuaderno, y sólo por que sí -la misma razón por la que caminaba, bebía, moría, respiraba- te invité al cine, luego unas cervezas, y aprovechando que estaba sólo en casa, y sin mis padres -lo cual me dejaba el auto a mi disposición- te invité y aceptaste. Ya en ese momento eras una nueva persona para mí. La cerveza había soltado las lenguas y nos habíamos contado secretos un tanto embarazosos. Yo no me había equivocado, eras una mujer que había vivido bastante. Y te habías vuelto fuerte.

Era la fiesta de pascua, y en mi refrigerador había un huevo de chocolate. Lo tomé junto con la cerveza y al poco rato -como si la suerte me hubiera dado un espaldarazo- me dijiste que soñabas con un huevo de chocolate para ese domingo.

Supongo que empezaste a considerar la idea de que yo no era común y corriente cuando saqué el huevo y te lo dí. Dijiste que merecía un premio y tranquilamente te pedí un beso. Tú dijiste que no podías, corriste escaleras arriba, y te alcancé en el decansillo. Te acercaste a mí casi hasta besarme. Apoyaste la mano en la pared y dijiste “No te tengo miedo, Felipe, he tratado con tipos mucho peores que tú”. No recuerdo qué respondí. No dijiste nada que ya no supiera yo. Pero tú no sabías que para mí tomaba forma una aventura arriesgada y completamente loca. Cuando entraste en la habitación nos besamos con furia. Todo el tiempo me preguntaba en qué pensabas… ¿pensabas en algo? ¿No te habías acostado así, porque sí, con tantos, sin que te importara? Yo sí pensaba. Nunca una hembra tan caliente, tan mujer, tan experimentada había caído en mis brazos. Y supe entonces que nunca más, ni aunque sedujera a una mujer de treinta o de cuarenta, conocería una con la oscuridad que te rodeaba. Te llevé frente al espejo y desde la espalda te acaricié los pechos mientras te besaba el cuello. Tú mirabas fijamente, con una sonrisa divertida.

Mi Pigmalión, cuánto me pesa tu sombra hoy. Mi Afrodita… cómo explicar con cuanta hambre te desabotoné la blusa y quise besar tus pechos. Tú no lo permitiste… no esa noche.

Pero al día siguiente llegué a tu casa y no me fuí hasta la mañana del lunes. Quién lo hubiera dicho. Ese fin de semana está algo borroso para mí. Tú también habías seguido bebiendo en tu casa después de nuestro sábado. Fuimos a un bar con una amiga y cuando volvimos, en la puerta de tu casa, me dijiste “Ten cuidado. Yo soy mala, muy mala”. Y yo te dije que sólo es malo el que hace daño a un indefenso, por no aceptar que contigo sí lo estaba.

Me invitaste a pasar y fuimos a tu dormitorio. Me preguntaste si prefería el baby doll azul o el gris. Luego te desvestiste lentamente, ante mis ojos mudos, fríos por fuera, que te miraban recostados en la cama. Te pusiste la diminuta camisa, abierta por abajo, y te metiste conmigo en la cama.

No lo sabía entonces, pero en ese momento jugabas conmigo. Respondiste vagamente mis besos, y me dejaste tocar tus pechos y hasta besarlos, sin demostrar interés. Bajé lentamente hasta tu entrepierna y ahí me detuviste. “Me lo han hecho mujeres” dijiste, “y no vas a ser mejor que ellas”. Traté de tentarte pero mis armas eran muy poco para quien podía tener lo que quisiera cuando quisiera.

No importó. Te tendiste boca abajo, con la camisita subida sobre tu magnífico trasero. Las piernas levemente separadas. Tu olor de hembra en celo me volvía loco, y sin embargo no ibas a permitir que llenara mi boca con tu miel. Yo no me inmuté. ¿Era un cabrón, no? Quería demostrarlo y para eso comencé a besar el dorso de tus piernas. Mi lengua recorría tus muslos, mis labios depositaban un beso detrás de tus rodillas. De vez en cuando te daba un pequeño mordisco, volvía a subir y acariciaba tus nalgas con mis labios. Volvía a bajar… muchas veces, aunque no tantas como las veces que me he deleitado en recordarte así, desnuda sobre la cama, con tu olor llenando el cuarto.

También tu gemido llenó el lugar. Suavemente al principio, intensificándose después. Sabía que podía echarlo todo a perder. Que orgullosa eras, Pygmalión, teniendo tantos amantes, no perdonabas ningún desliz, menos en alguien que debutaba en tu arena. Separaste las piernas levemente, y me llegó el ronroneo de tu sexo. Suavemente lo acaricié con la mano, lentamente, penetrándote con mis dedos. Así seguí unos segundos, hasta que comprendí que estabas lista para recibirme. Me quité la ropa y tú te pusiste a gatas, pero te tomé de la cintura y te hice girar. Quería verte la cara.

Te penetré y fué como sumergirse en un horno, en acero fundido. Tu vagina era perfecta, suave, firme, ardiente, jugosa… Embestida tras embestida te hice el amor toda una eternidad. De pronto me abrazaste con las piernas. Las levantaste tanto que casi tocabas mis nalgas con tus talones. Gemías y me arañabas la espalda. Yo te miraba la cara fijamente y seguí hasta que acabaste.

Me recosté a tu lado. “Te dije que soy muy mala” dijiste. Y yo te dije que no. Te dije que me gustabas, que me fascinabas. “No te metas conmigo” me cortaste. “Yo soy muy mala”. Me pediste que lo hiciéramos de nuevo, pero en cuatro patas, como tú querías desde un principio. Me acerqué a tí por detrás, y mientras me preparaba para penetrarte, puse un dedo en tu ano, y tú, asustada, me dijiste que ni pensara metértela en el culo. Te penetré desde atrás y fe incluso mejor que la primera vez. Después de eso, estuve apoyado en tu cuerpo, con la cabeza sobre tu sexo.

Eras las seis de la mañana. Caminé hasta mi casa bajo una intensa lluvia. Llegué hecho una sopa y apenas alcancé a ducharme antes de salir a la universidad. Ahí te volví a ver. Yo estaba en la mitad del patio, y tu llegabas con unas ojeras parecidas a las mías. Levantaste la cabeza y me miraste por un segundo, antes de cambiar el rumbo, y hacer como que no me conocías.

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