Reencabronar las baterías

Reencabronar las baterías
para no ser
esclavos de la caridad.

Pygmalión, me pesa tu sombra,
Afrodita, tu silueta
ya no me deja respirar.

Quizás qué haya entre esos ojos
que me persiguen
hasta mis últimos sueños,
entre esas manos que no me necesitan
quizá cuánta dulzura
que no será para mí.

Y diez millones de ecos
en cada esquina de la memoria,
me confunde cada voz con la tuya,
y me quitan
la mirada de Dios.

¿Me dejarás algún día, dríada,
en paz?
¿O soñaré contigo cada noche,
hasta el fin de mis días?

Buscaré sin aliento, tu cuerpo
entre mis sábanas,
cada vez que despierte,
aun con la amarga,
amarguísima certeza
de que ni en mi día de suerte
estarás cuando despierte.

Todas las noches.
Cada noche de mi vida.

Y serás una extraña para mí,
en cada palabra
que te dirija en el día.
Y mis ojos no hablarán
pues he aprendido a mentir.

Pero de mis ojos hacia adentro,
en donde nadie puede hurgar
te seguiré soñando
hasta el día en que me muerta,
y se me sequen los labios
en el Infierno,
todavía susurrando tu nombre de vía láctea.