a gritos la llama mi carne

Cómo se pueden conjugar tan perfectamente
tanto deseo y tanta ternura.
Cómo puede existir
-no es justo-
una mujer como ella.

Una mujer a la vez
pasión desenfrenada
y ganas de llorar en su hombro.
A la vez una gota de sudor frío,
un temblor,
el reprimir besarla,
obligarla,
hacerla mía.

La necesidad infinita
de besar su espalda,
de decirle cuánto la quiero,
de mirar sus ojos,
de derramar mis lágrimas
y tocar sus labios
con la yema de mis dedos.

¿No es obvio, acaso
que esta mujer
me arrastra a la muerte?

¿Que no querré seguir viviendo
sabiendo que existe y no es mía?

Y es que… cómo es posible
que en esa forma de mujer
haya un pararrayos
que concentre los relámpagos
de mi cuerpo y alma,
que me haga delirar
en mis noches sin ella,
que me haga más oscuro
y más claro,
que sea un eterno sí,
sí, sí, la deseo,
sí, quiero amarla,
sí y mil veces sí,
y a gritos la llama mi carne,
y con lágrimas la pide mi alma,
y sí, infinitamente sí,
no puedo, ni quiero,
negarme a sucumbir
ante ella.

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