No miraste atrás

Quita de mí esta piedra,
déjame respirar, déjame solo.

Si no estuviste, si nunca volviste,
déjame nacer sin tu sombra.

No fuiste testigo ni fiscal
en esta misa de muertos.
Tan silente volvise la espalda
y caminaste orgullosa.

No miraste atrás
aunque te llamé hasta en mis sueños,
y despertaba llorando,
sintiéndome insignificante,
sabiendo que mi propia muerte
no te habrá importado.

Me armaba de valor
para alcanzar tu estela.

En valientes arremetidas, en terribles campañas,
quise alcanzar, no tu voz, sino al menos
tu atención.

Tantas veces me estrellé contra tu espalda,
tan fuerte, tan fría se había vuelto
la morenita risueña
que una vez acuné en mis brazos.

La que cerraba los ojos
con mi aliento en su oído,
y tan suavemente
su respiración se apuraba con mis besos.

Esa cuyo amor sentí
como las alas de un dragón,
fue incapaz de dar, por mí,
un segundo de su tiempo
ni una gota de su aliento.