Almendra

Ví lo lejos que estabas
con tu porte de reina,
tu mirada sangrante,
tu dolor negro tierra.
Y de ti todo el tiempo,
de tu espuma morena
me olvidaba con risa
me acordaba con pena.

Me dolía tu cuerpo,
piel de mármol y seda,
escondida y tan suave
con aliento a cerveza.
Me dolía tu alma
y en mi alma de mierda
te lloré sin sollozos
te amarré sin cadenas.

Y pensaba callado,
la mirada perdida,
en tu aliento salado
como brisa marina.
En tu voz y delirio
yo pensaba, mi niña,
en tu risa borracha
y el sabor de tu vida.

Y era sólo tu nombre
que a mi mente venía,
cada vez que pensaba
en lamer tus heridas
La cadencia perfecta
de tu historia perdida
que era sal, sol y sangre
la canción de una vida.

Me sonaba, aún precisa,
la canción de tu pena,
y escondida en mi mente
me sonabas ardiente,
como suave condena,
todo el tiempo presente
escondida en delirios
te busqué entre la gente.

Cada vez que en mi oído
tu dulzura sonaba,
no existió más engaño,
eras tú quien me hablaba.
Y en mis manos heridas,
y en tu manos ajadas
aún tu olor persistía
y, riendo, porfiaba,

Con tu humor siempre dulce
y tu voz algo amarga.
Cada cosa en mis manos
que la piel me avisaba,
entre vasos de vino
llamaradas de escarcha
me embriagó ese veneno
de tu piel de muchacha.

Y el silencio, y tus labios,
tu mirada cansada
cada cosa que hacías
mientras te amanecías
cada boca besada,
cada copa empinada
con tu encanto profano
la volvías sagrada.

Y el sudor en tu cuello,
y la noche bailando,
con el sol, de mañana,
en tus párpados mansos
me empujó sin quererlo
a entregarte mi alma,
y a extrañarte hasta el hueso
cuando tú ya no estabas.