nunca me rendí

Me manché la capa
con las cenizas del terror.
Me mojé los labios en tu boca muerta.
Y nunca, recuérdalo, nunca me rendí.

Vi caer, a mis pies,
los pedazos de todos los espejos.
Me pinté la cara
con el fermento de mi propia sangre.
Te amé.

Caí, o mejor dicho, me botaron,
me humillaron, te escupieron y te amaron.
No siempre fuiste
lo que siempre has sido.

Todo el tiempo luché.
Odié, me odiaste porque odié
y te odié porque me amaste.
Pero sin odio no era yo.
No lucharía sin odio.

Después, el olvido, pensé, la muerte.
Pero no. La muerte nunca vino
y eso que la llamé a gritos.

Al final, no sé
si nunca me morí o acaso resuscité.
El único recuerdo que llevo
es que nunca me rendí.

Y es verdad. Lloré, como un loco.
También reí. No mucho, claro.
Y, a pesar de perderte y conocerte,
nunca me rendí.

Escuché muchas cosas.
No todas las creí.
Y cuando quería morir, soñaba
con poderes, omnipotencia e inmortalidad.

Claro, nunca fui inmortal,
pero sí he sido invulnerable.
Me taparon de mierta,
me miraron bañado en sangre
y no pudieron menguar mi alma.

Y es que… nunca me rendí.
Y llegué al momento en que
no lo hice pensando que alguna vez ganaría,
sino por buscar un fin digno.
Y nada era digno de mí.