Un hombre

Perseguía un poco de magia,
el hombre.
Dotaba a sus mañanas
del olor de los santos.

Pasaba los días imaginando.

Magia y sólo eso,
cualquier magia, buscaba.

Dotaba a sus amores
de alas y nombre nuevos.
Prontamente e hartaba,
los conservaba en un cajón,
nunca los perdía.

Al final
nunca lograba perderse
entre los laberintos que él mismo se inventaba.
Se entretenía vagando en los mundos
que minuciosamente diseñaba.
Luego se marchaba con desgano,
los dejaba marchitar
para volver, de vez en cuando,
como buscando algo perdido.

No estaba ahí, por supuesto, la magia.
Pero su condena más terrible
no era vagar, buscando y creando.

Hay quienes buscan toda una vida,
y no viven sino por su hambre.
Y hay quienes hallan, y su condena es la certeza
de encandilarse con su sueño
para entender, después,
que no era como esperaban.

La condena de este hombre
era haber probado la vida,
haber vivido en la magia un breve instante,
y haberla perdido.

Se sabía, entonces,
poseedor de un gran secreto,
a veces tan profundo
que no acertaba, siquiera, a recordarlo.

Soñaba la magia.
En irrecreables instantes,
el recuerdo le proporcionaba consuelo.

Creador y crédulo,
el hombre no podía sino buscar
en su creación
el encanto que sólo tenían
las cosas que él no podía crear.

El saberlas ajenas les otorgaba un brillo solemne,
una sencilla y pura aura de idolatría
que el no podía otorgar
a nada ni a nadie.

Se deleitaba, por momentos,
en la perfección de cada piedra,
de cada mirada humaba.
Entendía, después, que nunca sería Pygmalión,
y le era negada
la pasión por sus piedras, por sus palabras.

En esa omnipotencia fútil
se sabía omnipresente
e infinitamente consciente
en su propia creación.

Regalaba almas e identidades,
creaba recuerdos y forjaba epopeyas.
Los abandonaba, de pronto,
sabiendo que no había sorpresas dentro de sí.

Y era más triste
(o, al menos, tan triste)
saberse sutilmente eterno
en un mundo donde creía ser presa del aburrimiento,
cuando en realidad lo carcomía el hambre.

Y se hartaba del olvido y del consuelo.
Magia no había en ellos.
Magia se había perdido y,
lejos de correr tras ella
-pues reconocía en ello un esfuerzo inútil-
trataba de recrearla.

En cada nueva mujer,
en cada nuevo poema y cada libro que abría,
intentaba cargar la magia perdida.

Fracasaba, claro,
pero no parecía aprender, y volvía
con una ilusión incorruptible
a dotar cada nueva sensación
de propiedades ilusorias
mintiéndose a sí mismo,
demasiado honesto para creerse.

Por las noches, despertaba, a veces,
con la certeza de haber encontrado
la inspiración sublime
y entonces creaba, creaba, creía, confiaba.

El amanecer le sorprendía
con la misma atrocidad
de la locura lacerante que empezaba a poseerlo.

Llegaba a pensar, entonces,
que aunque lo locura
no lo dotara de la fecundidad
que engendraría la magia,
al menos le brindaría una ilusión, torcida y,
ante los ojos del loco, perfecta,
de la magia ya perdida.

Se entregaba entonces a los versos,
poniéndose en evidencia,
torturándose con su ausencia,
poniendo todo en el tapete,
pringando toda yaga,
pensando, quizá, que no había otra manera
de recuperar lo poerdido,
y secretamente soñando que, así como así,
y sin razón alguna,
un día cualquiera,
en algún momento de su condena eterna
ella entraría por la puerta
y toda la magia del mundo
estaría, entonces, de vuelta.

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