Mi propia ángel

En las noches, entre sueños,
tan cálida su boca en mi hombro.
Entre sueños, mi ángel
entrando al lecho.
Sus dedos tibios, su brazo blanco
cruzando mi pecho.

Despertar a la inocencia interior,
sentir su piel,
tan infinitamente pura,
despertar al calor
de su pasión desenfrenada.

En las tardes lluviosas
revolotea en silencio.
La pierdo de vista
y me sorprende, y sonríe.

Mi ángel, túnica blanca,
no siempre mi ángel,
a veces mi demonio.

Su ira fría, sus lágrimas invisibles
mi miedo. Mi ángel.

Duerme, los reflejos de la calle,
como nosotros, extranjera,
se cuelan en su pecho.

Blanca su carne, mi ángel,
roja su boca, ardiente,
me abraza jadeando,
y en el supremo instante,
su suave aleteo, su temblor,
su clímax.

Mi ángel, hecha carne para mí.

Un juego de niños, cada beso,
un secreto tras la puerta, risitas, abrazos.
Un juego de adultos, mi ángel,
mi amiga, mi niña, mi amante,
tan tenue, de carne, el milagro tangible
de besar su espalda, de estrechar sus muslos,
su suave ternura, el tenue reflejo
de cada amor humano
en todo amor divino.

Comparar su risa
con cualquier sonrisa,
recordar su aroma
desde antes del tiempo.

Hurgar su memoria, profunda,
su cuerpo, estatua y serpiente,
mi ángel, mi sueño.

Sus pasos de niña, su aliento en mi cuello
y cómo podría atarla a mi cuerpo,
nada es para siempre, yo no soy eterno.

Junto a mi alegría volará, algún día,
mi ángel, mi vida.
Y ya estaré muerto.

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