El sueño de los justos

Cuando la hora del sol
nos encontró conversando
me sorprendió gratamente el apreciar
que, pese a todo,
me interesaba el mundo
más de lo que había creído.

Me sorprendió también
que con tanta paciencia
mi amigo me escuchara,
poniendo atención, meditando detalles.

Que mi amigo me pidiera, persona tras persona,
que juzgara sus almas,
y escuchara interesado
el porqué de tales juicios.

y me agradó la forma conexa
y quizá hasta bondadosa
con que emitía yo los veredictos.
Me gustó la manera en que hablé,
la manera en que hice que todo
pareciera calzar.

Ah, pero no mucho habría de durarnos
la amable congruencia.
Al final, lo venció el sueño,
el sueño de los justos, quizá,
después de juzgar a todos.

Abandoné la habitación, entonces,
llamado por le sonido del mar.

La furia de las aguas
me embelesó por momentos,
me sedujo con esa mezcla
de indefensión fascinada.

Giré en redondo, a mis espaldas
la breve luz del amanecer nuboso.
Y entonces los ví.
Mis amigos yacentes, rostros durmientes,
despojados de toda vanidad,
de toda máscara.
Cómo no amarlos, sus rostros blancos,
en su estado más puro, más inocente.
Sus labios semiabiertos, la respiración tenue.

Sedientos de vida, hambrientos de aprender,
los sentí tan míos, tan niños, cómo no amarlos
a cada uno de ellos.
“Buenos días a todos, menos a una”, pensé,
y es que claro, mi pequeña demonia yacía,
cubierto el rostro, huyendo de la luz.

Sonreí ante su naturaleza, tan nocturna,
tan valiente y perversa.
Noble, a veces, tierna siempre.
La amé, entonces, como la amaba todo el tiempo.
O la amé más, tan revelada
mi niña, en ese momento

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