Ya no soy joven

Ya no soy joven.
Me lo dice mi cuerpo al oído.
Ya enterré sueños, los lloré
y seguí adelante.

Aún recuerdo los vientos del sur.
Brisa fría matutina,
portadora de ilusiones.
Algunas se concretaron.
Otras, ya no ocurrirán.

Aún recuerdo el sol
a orillas de los lagos del sur.
Su caricia embriagadora,
horneando las rocas,
seduciendo lagartijas
que alguna vez cacé con mis hermanos.

La desolada sensación
de llegar a un lugar nuevo,
esa aventura, ese ideal
del viajero romántico,
un tanto parecido a Hemingway
pero algo menos traposo
que busca dónde alojar,
y luego sale a cazar
paladeando la ciudad,
preguntando dónde irán
las jovencitas del pueblo,
las turistas, las guerreras,
que en una noche de juerga
también tuvieron su encanto.

Pero no puedo evitar pensar
que ya no soy joven.
La sola pausa que impone el tiempo
me obliga a mirar atrás
y sorprenderme entre recuerdos.
Tanto atolondramiento en ellos,
pero tanto entusiasmo también.
Ahora entiendo, claro,
que me haya sentido inmortal,
irresistible, invencible y encantador.

Cambié la sabiduría que no tenía
por un poco más de sosiego.
Preferí siempre ser Merlín
a creerme Lancelot, pero incluso así
veo ahora que no soy
un pedazo de la historia.
Algo de paz hay en salirse,
pararse a un lado y opinar
destilando sarcasmo.

Aún puedo recordar
mi primer beso, su primer sabor.
No olvido tampoco
el temblor, la agitación,
de la primera vez que un cuerpo desnudo,
una muchacha inexperta
se agitó bajo mis manos.
Y recuerdo con más nostalgia,
años después, la dulzura candente
del primer amor, su olor a flores,
su recuerdo tibio
que nunca más vuelve a sentirse.

Porque ya no soy joven,
y el corazón se va secando.
No es que se ponga más duro,
aunque a veces ocurre,
sino tan sólo
que percibe menos de lo que ocurre.
Quizá justo lo que ocurre
y un poco menos que antes.

Pero qué hacer, si el dolor
parecía un instrumento
de redención.
No sentirlo no es pecar,
y no me puedo quejar
de vivir anestesiado,
tanto no quiero opinar,
sobre qué me estoy perdiendo,
si puedo recordar
demasiado bien
el sentimiento desgarrador
de perder la mujer amada
bajo el yugo de la tiranía y,
por dios, ahora entiendo a los rusos.

Puedo recordar
la ropa interior de mis compañeras.
El sentimiento perverso
de espiar entre sus piernas
y alimentar el monstruo
del morbo que crecía
en mi hambre de adolescente.
Puedo recordar la tela blanca
de algodón.
Hasta puedo asegurar
que imaginaba cómo olía,
aunque nunca llegué
a comprobarlo.

Parado en el patio del colegio,
desarrollaba uno un ojo clínico,
detectaba el movimiento
y volteaba el rostro
en el momento preciso
en que un muslo y el otro
permitían ver un albo
y diminuto triángulo
que era la gloria.

Me pierdo entre sueños ahora.
¿Alguna vez tuve esa vida?
Parece inverosímil ahora,
el sol a mis espaldas,
un edificio de oficinas
y yo, cada día más esclavo,
me siento un robot,
un funcionario gris
de alguna película setentera
Y no me calza muy bien…
¿Entonces todos tuvieron
esa vida?
¿Los burócratas más apolillados
también recuerdan
el olor del pasto
que impregnaba todas las cosas
cuando uno jugaba de rodillas
en el patio?

Parece difícil imaginarlos
pasando una tarde de enero
mirando el techo,
acariciando el pelo de una muchacha,
dejando que el crepúsculo
se torne en noche, disfrutando
la brisa cálida, el sonido de su voz,
el olor de su habitación.

Parece difícil imaginarlos
tomando la micro de vuelta,
mirando por la ventana
sin ver absolutamente nada
más que la sonrisa de ella.

Yo ya no soy joven. Supongo
que ellos también lo fueron.
Si existe alguna diferencia,
podría acusarlos de no haberlo notado.
Yo me supe joven. Quizá
no es más que eso
lo que me permite recordarlo
con tanta claridad
y ya sin dolor,
sin ese pesar
de la pérdida irreparable
más que una sana nostalgia
de falso marinero.

Recuerdo, entonces,
el sabor de las playas, el sabor de la sal
que sólo acrecentaba la sed
de mis amigos, como yo,
borrachos perdidos.
El sabor de la sal, el sabor
de la sed de una mujer.
La voz suave y al oído,
los bailes, las sonrisas.
Todo aquello tan turbiamente recordado.
Las tardes, las noches, mecidos
por el sonido del mar.
Adormilados, la piel tirante,
los pulmones llenos de mar,
algo tendrá ese aire
de medicinal,
si puede uno aguantar una semana
haciéndose pedazos noche tras noche.

Y la pausa que pone el tiempo,
de nuevo influyendo en toda actitud.
Pasar de ese amor confundido
de relaciones efímeras pero suculentas
a esa indiferencia desdeñosa
con que puede uno saciarse
y después dejar de lado,
hasta esa tranquila sensación
de estar bien acompañado,
con tanta tranquilidad que
recién entonces, se torna uno
una buena compañía.

Así las cosas uno se dice “sigo vigente”,
aunque sabe que no es cierto.
Que no se siente lo mismo y que,
más allá de la simple añoranza
de tiempos pasados,
incluso la motivación ha cambiado.

Ya no soy joven. Curioso,
porque siguieron siendo jóvenes
otros que eran mayores que yo.
Me gusta más dormir,
me gusta menos bailar
(¿Alguna vez me gustó bailar,
o era sólo un rito de seducción
como el color de los pájaros
o el tamaño de las ranas?)
y a veces, en vez de vivir,
me está gustando recordar,
con una copa en la mano,
deleitado por lo que antes
no era más que el medio
para emborracharme y olvidar
y es hoy el aliño perfecto
para sentarse a hablar del pasado.

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