Mi intento de Bukowski

El jueves por la tarde bajamos hasta el jardín, y nos sentamos en un sector lleno de esas mesitas plásticas con quitasoles plásticos que sólo logran hacerte transpirar el culo. Estábamos a un lado de lo que la administración daba en llamar “Club House”, y que en buenas cuentas era la piscina temperada y la construcción que la rodeaba. Quise hacerme el amable y les invité helados a las chicas. La Daniela rechazó la oferta.

Entretanto, yo intentaba mirar a través de los cristales empañados hacia la piscina temperada. Tal como la primera mirada me había revelado, se adivinaba tras el cristal apenas translúcido la silueta de una muchachita deliciosa, carne tostada, perfumada, tierna, aún intacta. Un culo dulce como la miel y unos pechos incipientes que algún día quizá le llegarían a las rodillas. Pero me di cuenta de que aquellas piernecitas suaves eran más bien un manjar destinado a algún jovencito del condominio. Aquella sensación estuvo a un pelo de amargarme. En momentos como ese uno se siente infinitamente viejo, aunque en realidad, para tener a una muchachita como esa yo no estaba pasado más que por unos pocos años, o bien estaba corto por algunos cuantos miles de billetes. En verdad la gente con dinero puede comprar incluso el tiempo, pero da la impresión de que el tiempo es lo más caro de todo.

Me fijé en otra chica, menos voluptuosa pero bonita a su manera, de unos dieciséis años, reclinada sobre la heladera. La ocupé como ejemplo para comentarle a la Daniela, que estaba a mí lado:

  • Ya estoy muy viejo para volver a tener una mina como esa.

Me dio la clásica respuesta que una mujer de mi edad utiliza como escudo:

  • ¿Unos minutos en el patio y ya me cambiaste? – Dijo al mirarla.

No estaba enojada aunque quizá un poco celosa. No por mí, sino por la niña. A veces medito sobre esta clase de respuestas de las mujeres de veinticinco. Más frecuente es el formato tipo: “Degenerado, apenas tiene quince años”. Me causa risa esa expresión, primero porque a los griegos sostenían que un hombre debía casarse a los treinta con una niña de quince, aunque eso plantea entrenarse desde temprana edad con solteronas de veintitantos. Con estas cosas, las mujeres entornan los ojos y los hombres se soban las manos. Segundo, porque las mismas mujeres que protestan con su seudo pudor, a los quince años saltaban encima de cualquier cosa que se les pusiera enfrente. Si no a la luz del día, sí con la ayuda de unas copas.

Decidí no seguirle el juego.

  • En realidad no me refiero a esa niña en particular, sino al hecho de ser muy viejo para tener una pololita de esa edad, a que nunca más probaré un cuerpo como ese.

  • Y eso te molesta mucho?

  • A veces sí. No estoy seguro de lo que implica, pero algunos profesionales que conozco, gerentes y demases, tienen treinta y tantos y pololas de 18 o 19.

Tal como esperaba, ella sólo arqueó una ceja. O las dos… en fin, pocas personas pueden arquear sólo una.

La Maureen se había encuclillado junto a la heladera y señalaba una propaganda pegada al costado.

  • ¿Qué es esto? –preguntaba.

El cartelito ofrecía un servicio de bar a consignación que también repartía a domicilio en ciertos lugares. Uno de esos lugares era, justamente, el sitio en donde nos encontrábamos. La gracia de todo esto era que los precios convenían mucho más que comprar en Algarrobo, caro por naturaleza, o incluso en lugares baratos de Santiago. Nos sentamos en la misma mesa con una idea fija. La elocuencia de la Maureen nos iluminó a todos:

  • Podríamos llamar –dijo.

  • Y pedir esos vinos de 1900 –agregó la Dani, que a esa altura había desarrollado una repulsión hepática por cualquier cosa que no fuera vino. O Jote.

Ahora, el envío de estos tahúres era gratis siempre y cuando el pedido excediera los 10 mil pesos. Me sugirieron completar esa cifra pidiendo un vodka para mí. Era un stolichnaya de a litro por menos de cinco mil. No me hice de rogar, como podrán suponer.

La Maureen tenía otra de costumbre, que era la de lanzar una frase a pito de nada como si hubiéramos estado hablando del tema. La mayoría de las veces eso desconcertaba a la gente, así que nadie le contestaba y ella sólo decía “¿Ah?” como si no hubiera escuchado bien la respuesta de los demás, por demás inexistente, y de ese modo las conversaciones no resultaban muy fluidas. Otras veces también le contestaban y ella también decía “¿Ah?” después de pronunciada la respuesta o durante ella. Nada fácil. Esta vez dijo:

  • …y los fines de semana cuando venga gente guardamos las cosas y tomamos pura piscola.

Entendimos que se refería a que la inversión en este bar a consignación no resultaba nada conveniente si el número de comensales –tomensales- aumentaba. La Dani bromeó:

  • Podemos bajar y guardar las cosas en la bodega.

  • O en el closet –dije yo.

  • En el closet los pueden pillar…

Y así continuamos un rato, entre risas, pero la conclusión era clara. La venida de visitas constituía un problema contable, sobretodo si pretendíamos pasar un mes entero en el lugar. A mí, particularmente, el asunto no me preocupaba, puesto que andaba forrado. La Dani andaba sin nada, pero eso corría por mi cuenta. La Maureen siempre lloraba miserias pero era la más acaudalada de los tres. Lo frustrante era pensar que algún invitado, o peor, algún colado, viniese a refocilarse sin poner ni un peso. Acordamos que en esas eventualidades habría una política económica estricta y se los conminaría a poner platita.

  • Como sea –dijo la Dani- empecemos por pedir el teléfono para los pedidos.

La Maureen sólo enseñó la palma de su mano. Ya tenía el teléfono anotado, y nadie entendió en qué momento lo había hecho ni de dónde pudo haber sacado un lápiz, pero a esa altura ya no importaba. Nos resignamos a que había sido más lista que nosotros y ya. Volvimos al departamento caminando lentamente y pasamos por la portería a reservar la cancha de tenis para jugar a la mañana siguiente a las 10. Había un desafío entre la Maureen y yo, y ni siquiera estaba seguro de poderme levantar, menos aún con la anunciada llegada del vodka a mis manos.

Subimos hasta nuestro piso y los tres nos tiramos a la cama de la Maureen. Ella marcó el número de BarLibre, y cuando le contestaron, en vez de saludar o explicar nada, simplemente dijo: “¡Bahía de Rosas!”. Contuve la respiración… ¿Cómo hacía ella para que la entendiera el común de los mortales? ¿La entendían acaso? Parece que sí, porque a los pocos segundos empezó a recitar:

  • Seis Coronas, seis Austral, también queremos vino… -escuchó un momento- ¿Cuál es mejor, varietal o reserva? –aquí yo pegué un aullido- bueno, reserva entonces, seis botellas de cabernet, y un stolichnaya, y cuatro coca colas… cuánto? ¿No que había descuento? Ok.

Entonces nos miró a la Dani y a mí y nos dijo: “son 30000”. Bueno, no sé qué esperaba que le contestáramos… a esa altura poco se podía hacer. Sólo nos atragantamos y miramos el techo y pensé en lo triste que es ser pobre, y en otras estupideces que no venían al caso. Digo, lo de ser pobre tampoco, porque yo tampoco lo era, pero hay que diferenciar las estupideces qué al menos guardan relación con el tema de las estupideces comunes. Esa estupidez en particular tenía alguna relación que de a poco olvidé cuando alguien sugirió ponernos a estudiar. La única excusa que se me ocurrió fue que era muy tarde. Increíblemente, dio resultado. La Daniela se rió y manifestó su apoyo.

La Maureen estaba a punto de plegarse cuando sonó el teléfono. Era Deneb, su novio, que entre todas las preguntas de rigor quiso saber si estábamos estudiando.

Por alguna razón las mujeres eligen los peores momentos para sus ataques de honestidad. No creo que tenga relación con la ley de Murphy, sino con alguna necesidad imperiosa de se les llame la atención cada cierto tiempo. Pareciera que no tienen inconveniente en mentir durante años si es necesario, sin cargos de conciencia, sin hablar dormidas o desarrollar una doble personalidad –aunque, si vamos a ello, vendría siendo una tercera personalidad- pero son capaces de culparse por cosas que no han hecho para sentirse protegidas, vigiladas y prisioneras de su hombre. Curiosa jugarreta, que en el caso de la Maureen redundó en que le confesó de buenas a primeras a Deneb que no pretendíamos estudiar. De paso yo quedé como flojo –y lo soy- y ella trató de auto castigarse poniéndose a hacer un formulario de finanzas.

Alternaba mis miradas entre la escena divertida de la Maureen haciendo su formulario penitente, y la vista de la Dani, aún en bikini. Entonces reparé en que un trozo del bikini se había corrido, enseñando parte de su pecho izquierdo. Se notaba claramente la línea del bronceado, así que era posible estimar el monto del desplazamiento. Eran como dos centímetros. Para un fisgón como yo, que malamente tiene suficiente con la vista diaria, periódica de las mujeres en bikini, dos centímetros extra de piel son un carnaval, y creo que mi cabeza se balanceaba al compás de su respiración. Me cautivaba el contraste entre la piel tostada y la otra tan blanca, separadas por una frontera perfecta. Esperé unos minutos, y decidí avisarle. No fue por moral, ni por hacerme el amable o el caballeroso. Ni siquiera porque me hubiera cansado de mirar. Yo creo que fue más bien por que quería ver su expresión cuando se sintiera momentáneamente al descubierto. Digo, no era que tuviera media presa afuera ni mucho menos, así que podía disfrutar de su sorpresa sin pecar de pervertido. No sé si eso era una ventaja. De hecho, feliz el hombre que puede pecar de pervertido toda su vida. Así que le dije:

  • Dani, arréglate el bikini… me estás matando. – Y lo decía en serio.

Ella se sobresaltó, pero luego comprobó que no había visto demasiado. Según yo, todavía no había visto suficiente, ni siquiera históricamente. Pero eso es harina de otro costal. Al final ella lo tomó a la risa y como de una cosa se pasa a otra, decidió hacer lo que más le gusta, y que también es su principal talento. Se puso a dormir, tapada con el plumón. Todo este proceso fue tan rápido que ella estaba profundamente dormida antes de lo que demoran en leer este párrafo.

Mientras tanto, me di un par de vueltas, leí un poco. Volví a la habitación y decidí que me haría bien una dosis de cariño. Por supuesto, sin esperanza de recibirlo, tenía que tomarlo, así que me metí en la cama con la Daniela, la abracé por la espalda, respiré el olor de su pelo, que en ese momento no olía a nada, pero bueno, era agradable. Pasé mi mano por su vientre tibio y tan plano como se puede pedir. Sentí que empezaba a quedarme dormido, y no era mi intención. Me puse de pié y caminé por el departamento. Cuando pasé por la cocina decidí hacerme un pan con palta.

Por algún efecto curioso, que yo daría en llamar como intromisión o intrusión, mi presencia en la cocina siempre atraía a la Maureen. Bastaba que yo pusiera un pié en ella para que esta chica acudiera inmediatamente, echara unas miradas por encima de mi hombro y preguntara cosas como ¿Qué estás haciendo? ¿Ah? ¿Por qué estás haciendo eso? ¿Por qué lo estás haciendo así? Lo cual, para una persona que detesta dar explicaciones, y que encima acostumbra a cocinar en soledad –excepción que aplico únicamente a mi mujer- puede resultar enfermante. En el caso de la Maureen, había logrado dominar ese sobresalto, pero en otros casos igual de molestos podía mosquearme bastante.

Pero no todo fue tan malo. Al menos, a la Maureen no le gusta la palta y por ese lado me salvé. Ella decidió hacerse un huevo a la copa, y después,.ya en la mesa, quiso que hiciéramos un queque. Ahora, eso es malo por varias razones. Primero, no me gustan los queques. Segundo, el hecho de batir y hacer masa y todo eso ya es cansador, pero más si no se cuenta con batidora, y más frustrante si la masa va a ser dulce. Para colmo de males, lo que ella quería que hiciéramos era una cajita de una mezcla repugnante que ya contenía todos los ingredientes para hacer una torta. Sólo había que agregar leche y huevos, o agua y mantequilla, qué importa. Por un momento intenté protestar, decir que no podíamos hacer esa mezcla sin batidora. Al final fue peor. No un poquito peor, sino desastroso. Con decir que en pocos minutos estaba yo revolviendo una mezcla supuestamente de chocolate, que tenía color de mierda, consistencia de mierda, olía a mierda y, a la larga, sabía a mierda, si no para todos, al menos para mí, y eso que yo era el autor. Ahora que lo pienso, debió hacerme gracia que todos se comieran mi mierda, pero creo que para la concepción general era la mierda de la Maureen que, para no desmerecerla, admitiré que también me ayudó a revolver aquella plasta.

Después de batir, vaciamos la mezcla en un molde, el cual metimos al horno. Esperamos, volvimos a esperar, nos miramos, seguimos esperando. No se nos ocurrió de qué conversar, aunque de vez en cuando la Maureen intercalaba un “¿Ah?” aislado.

Y entonces sonó el timbre. Resultó ser el tipo de BarLibre, y era un tipo alto sumamente producido. Parecía promotor de un gimnasio en vez de garzón ambulante, pero qué importa eso ahora. Para ustedes sólo será un garzón ambulante alto y bronceado. La Maureen lo miraba de arriba abajo, y él también le coqueteaba. Eso me pareció mal, porque ella estaba pololeando, pero no, en realidad me pareció mal porque en ese momento yo era el hombre de la casa, y un león no puede permitir que otro león venga a pasearse a su territorio. No importa que el león dueño de casa esté venido a menos ni que las leonas no le ofrezcan su grupa. Territorio es territorio, así que, en resguardo de Deneb, decidí hacerme pasar por su pololo, al menos para desanimar al garzón. Abracé a la Maureen y le estampé unos besos en el cuello y tras las orejas. Ella no entendía qué pasaba pero se dejaba hacer mientras escribía un cheque.

Al final, me acerqué al tipo que ya se iba, y antes de cerrar la puerta le pasé mil pesos de propina. “Por la molestia,” le dije. El tipo me miró confundido y por un momento creí entender que él no era ningún garzón, sino probablemente el gerente o algo así. Comprendí que con mi propina lo había humillado y le había dicho: “para lo que incumbe a la historia, tú sólo eres un niño de los mandados”. Pobre hombre, tenía que enmendar ese error, pensé mientras él me dirigía una mirada desconsolada a través de la puerta que ya se cerraba. Dejé que se cerrara, por efecto del viento, rápido y fuerte, dando un portazo. Pobre, pobre garzón físico culturista gerente humillado y ofendido. Me lo imaginé caminando cabizbajo y temblando de furia hacia el ascensor. Respiré hondo, me sentía de mil maravillas.

La Daniela sintió el tintinear de las botellas cuando las acomodamos en la cocina. Aquello la despertó de inmediato y salió al living sugiriendo que abriéramos un vino.

  • Después –dijo la Maureen.

  • Ahora –dije yo.

La Daniela se dio un par de vueltas, comió pan con palta y volvió a la cama. Sonó el timbre del horno avisando que el queque estaba listo. En realidad no sabíamos cuando estaba listo un queque. Yo creía recordar que si uno mete un fósforo y éste sale limpio y seco, el queque está listo. Como el fósforo no salía limpio nunca, seguimos cociendo el queque. Ahora pienso que el fósforo estaba manchado o algo así, porque el queque quedó un poco seco. Tan seco como el fósforo debía salir. No importa, nadie se quejó y para mí el queque podía rodar escaleras abajo sin sentir ni una pizca de tristeza.

Entretanto la Maureen me pasó una botella y dos vasos, que recibí sonriendo. Aquello empezaba a perfilarse como una buena noche.

La Dani volvió de la cama.

  • Te perdiste al repartidor de BarLibre –le dije- era pintoso.

  • ¿Ah si?

La Maureen asintió.

  • Cuando escuché su voz pensé que sería pintoso, pero después pensé que era imposible y seguí durmiendo. –reflexionó la Dani.

Claro, cualquier razón era válida para seguir durmiendo. De todos modos, me dije, era mejor así. Con las dos mujeres en el living hubiera tenido que humillar al garzón el doble, y yo no soy una persona que disfrute en exceso de la crueldad.

La Dani probó un trozo de queque caliente. Al rato se quejaba:

  • Mi mamá siempre me dijo que comer queque caliente provocaba dolor de guata. Parece que es verdad.

  • En mi casa aprendí a comer el queque caliente –dijo la Maureen-, porque si esperabas a que se enfriara, no quedaba nada.

La Dani se rió. “Cierto, con tu hermana ahí…” le dijo. Yo pensé que eso explicaba muchas cosas. Ahora, en cuanto a la duda de si acaso el queque caliente provoca o no dolor de guata, al parecer a la Maureen no le provocaba nada. Yo tampoco tengo recuerdos de haber sufrido por comer queque caliente, y a fin de cuentas yo había visto a la Dani con dolor de guata por tomar un vaso de agua.

Escuché la radio. Sonaba una de las canciones que alguna vez nos habían gustado a la Dani y a mí simultáneamente y oh!, sorpresa, hablaba sobre amigos.

  • Nuestra canción –le dije- o una de las…

  • ¿Cuántas canciones tenemos? –preguntó- conozco al menos tres.

La Maureen continuó una frase que nunca había empezado:

  • “…de un color rubí intenso, con aromas a frutas, maderas, cereza, grosellas…” qué ridículo esto.

Ahí nos dimos cuenta de que no había enloquecido, sino que leía la etiqueta del vino.

  • Hay gente que percibe esos olores –la tranquilizó la Dani.

Acto seguido sacamos el trivium y unas barajas y nos dedicamos a jugar y beber.

El trivium era una versión reducida del juego tradicional, con menos preguntas, y a la larga terminamos conociéndolas todas. En ese momento, sin embargo, ello aún no ocurría y era un mérito ganar. Digo esto porque gané, por supuesto, y eso que enfrentaba a las dos mujeres.

Del trivium pasamos a la chiflota y empecé a perder. Varios factores se conjugaban. Más que un todos contra todos era yo contra el mundo. En general, me había acostumbrado a que la Dani no siempre jugaba para sí misma, sino más bien en contra de los hombres que hubiera en la mesa. Curiosa manifestación del feminismo, que sumado a mi pobre habilidad en el juego, y a un par de vodka tonics de medio litro cada uno, redundaron en resultados pobrísimos.

En algún momento la Dani declaró:

  • Me voy a ir a bañar antes de dormir.

Sólo eso. Como por agregar algo, le dije:

  • Te acompaño.

Y seguimos jugando. Como verán, las artes de la conversación se hallaban reducidas a su mínima expresión.

Después de un rato, se acabaron los juegos de cartas, la Maureen partió a acostarse y la Dani no manifestaba ninguna intención de ir a nadar. Sólo escuchaba la música y bailaba. Me parecía bonita en ese momento. Me parecía sexy. Creo que en realidad me parecía bonita y sexy la mayor parte del tiempo, al menos durante ese día. A la larga, me di cuenta de que ese paso tan sexy, cadencioso y original que le estaba viendo ejecutar, era el único paso que ella hacía, y que bailaba todas las canciones con el mismo paso o, al menos, con mínimas variaciones.

La Maureen se había ido a la cama diciéndome: “trata de acostarte temprano, mañana jugamos a las 10.” Y en ese momento, me parecía completamente lógico y grato. Seguí tomando vodka. Me encantaba el vodka. Sólo le dije que bueno, ella se fue a su cuarto y yo me tomé un par de pastillas para dormir. El doctor me había recetado algunas, pero luego dejé de ir al doctor, porque odio a los doctores, así que buceaba en el cajón de remedios de mi tía y sacaba cualquier cosa que sirviera. Descubrí que cosas como el jarabe para la tos, los relajantes musculares y los antinflamatorios pueden inducir el sueño. En aquellos días andaba de suerte. Había encontrado una tira llena de radotril, y si bien no me daban mucho sueño, me dejaban en las nubes. Entre eso y las piernas de la Dani meneándose frente a mí yo estaba como los videos de los Jackson Five, tenía sicodelia dentro y fuera del mate.

En eso llamó mi novia, y enseguida se dio cuenta de que yo estaba ebrio como zanja. Lo negué una y otra vez, culpando al radotril. No me creyó mucho, pero no me importó. Corté, me puse de pié. La Dani aún meneaba su trasero frente a mí y decidí probar suerte. La abracé por atrás, me pegué bien a ella para que me sintiera con todo detalle. Ella no se dio por aludida, y probé suerte de nuevo. Intenté besarla pero ella me apartó. “Estoy muy ebria,” me dijo.

No entiendo bien. Hasta donde he comprobado en esta vida, eso de “Estoy muy ebria” y todas sus variantes son como el llamado de apareamiento del homo sapiens hembra, por lo que las cosas no me calzaban. ¿Acaso me estaba diciendo que estaba tan ebria que si seguía intentando lo conseguiría, todos los besos del mundo y algo más?

Entonces cometí un error doble. Primero, intenté dialogar con una mujer a la que en realidad pretendía follar, y segundo, una mujer ebria.

  • No entiendo eso de que me apartaras porque estabas ebria. ¿Porqué fue?

  • Porque estaba muy ebria.

Genial. En ese momento no debía de haber seguido, visto que la lógica se caía a pedazos. Pero continué:

  • ¿O sea, si estuvieras sobria, me darías un beso?

  • No. Estoy muy ebria.

Bueno, al menos ella parecía tener claro que ese era el motivo y la consecuencia del universo entero. Podía preguntar por el asesinato de Martin Luther King, la construcción de las pirámides, el hundimiento de la Atlántida, el paradero del teniente Bello, la identidad de Jack el Destripador, o el último dígito de PI, y la respuesta hubiera sido que ella estaba ebria. Casi por deporte, una vez más, pregunté:

  • ¿Entonces?

  • Nosotros sólo nos damos besos cuando la ocasión lo amerita.

“Y cuando estás muy ebria,” pensé yo. Pero bueno, amén, la dejé ir. Estaba muy ebria y en ese momento no tenía ninguna capacidad de raciocinio. Pero seguía meneando su trasero frente a mi nariz y pasara lo que pasara, aquel era un trasero delicioso en cualquier parte del mundo. Después entendí que, más allá de su trasero y ebriedad, si ella no se hubiera negado esa noche hubiera sido peor. Peor por ella, porque se hubiera despertado conmigo en la cama sin saber cómo había llegado ahí, peor por mí, porque también hubiera despertado en esa cama y, créanme, ese efecto de ver a las mujeres feas en la mañana es una exageración, menos en el caso de la Dani, ahí se queda corto. Peor por Pepe, que a la larga sería parte interesada. Cuán a la larga, sospecho que a esa altura ya era algo presente. Por último, pero no menos importante, hubiera sido peor para mi novia, de haberse enterado.

Cuando la Dani se aburrió de su propio paso, dejó de bailar y decidió ir a nadar. La acompañé con mi cuaderno en una mano y un vaso de vodka en la otra. Llegamos al club house en donde ella se metió a la piscina temperada y yo entablé conversación con unos muchachos de 15 o 17. Ahora que lo pienso, cada uno de ellos era un potencial desvirgador para la muchachita que había visto esa tarde.

Cuando vieron que yo era una suerte de cronista, me contaron que en el edificio del final del condominio, que estaba casi vacío, había muerto uno de los obreros durante la construcción. Dijeron que ahí penaban y cuando manifesté mi deseo de ir a conocer el lugar, todos los muchachos, unos diez, creo yo, me llevaron hasta allá.

Ahora, yo iba borracho como nunca, pero me mantenía disimuladamente erguido y trataba de no hablar mucho. He descubierto que es mejor hablar lo mínimo que no hablar, porque responder a todo con gestos de borracho es aún más revelador que hablar con la lengua traposa.

Acompañé a los chicos al supuesto edificio embrujado. Subimos hasta el penthouse y ninguno de los chicos sabía abrir. Al final encontramos una ventana abierta y uno de ellos se metió y abrió la puerta.

El lugar estaba desierto. Nunca supe si acaso nunca lo vendieron o si los propietarios se fueron por los poltergeist de turno. Salimos al balcón, nos sentamos ahí, y escuchamos. Salía un ruido por una chimenea que estaba junto a nosotros. Era como una fuga de vapor intermitente, o bien alguien haciéndonos callar. Algunos muchachos estaban aterrados. Yo me tambaleé borracho hasta la chimenea y la increpé sin resultado.

Nunca supe si acaso los chicos pretendían entrar a robar o a una especie de misión comando donde el juego era que los nocheros no los detectaran, o si realmente pensaban que algo sobrenatural ocurría ahí. Cuando salimos de ahí, a toda prisa, tampoco pude saber si fue por una oleada de miedo más fuerte que lo habitual que los hizo correr en masa o si sintieron venir a uno de los nocheros. Entremedio uno de los pendejos me había botado el vodka. A esa edad, hasta los más cautos son torpes como monos. El vaso vacío me ayudó a acelerar el paso, y me alejé de ahí.

Uno de los chicos nos dijo que nos reuniríamos en el club house, así que me dirigí al departamento, volví a llenar mi vaso, me fijé que la Daniela ya estaba durmiendo, y quise regresar a conversar con los chicos. Ideas de borracho. Evidentemente no quedaba nadie en el club house, salvo uno de los rondines que percibió mi ebriedad evidente. Quizá porque llevaba el vaso en la mano, aunque, ahora que lo recuerdo, también llevaba botellas… qué curioso. El rondín, si es que sabía que habíamos irrumpido en el departamento desocupado, claramente sabía que yo estaba implicado, y durante el día siguiente temí que fuéramos a recibir algún reclamo. Afortunadamente, eso nunca sucedió. El rondín simplemente me dijo que me fuera a dormir, y la única consecuencia permanente de esa noche fue la mirada divertida del rondín y de los muchachos cuando me los encontraba. No los recordaba bien, así que malamente los saludaba.

Por alguna razón, logré despertar justo a las 10, y partí a despertar a la Maureen, que dormía a pata suelta con su pijamita de satín que apenas podía contenerla. Pese a que había tomado mucho menos, y dormido más, no fui capaz de despertarla y terminé por volver a la cama declarándome ganador absoluto del desafío y de paso tomando desayuno.

El resto del día sólo consistió en un montón de tiempo lineal e insípido que fluyó sin contratiempos. Al menos, así fue hasta que decidí ir al pueblo a comprar el diario y otras cosas. Tuve que dar varias vueltas para estacionarme, y por esas ironías de la vida, como a la quinta vuelta encontré dos estacionamientos juntos. Un auto estaba esperando como 100 metros más allá con luces intermitentes y por si acaso el conductor era lo suficientemente cara de raja como para recorrer esa distancia en reversa, me preocupé de ocupar el mínimo espacio posible. Finalmente el conductor retrocedió lentamente y después de luchar denodadamente con la geometría, logró meter su auto en un lugar en que yo hubiera podido meter un tren completo y sin usar retrovisores. Nada extraño, se bajó una chica de unos 28 años, y mira lo que son las cosas, no estaba nada mal. Usaba lentes oscuros, así que no sé bien cómo sería de caracho, pero parecía potable. Se gastaba unas buenas tetas, agresivas, insolentes, desafiantes con la gravedad, con su chalequito de hilo y probablemente con mis manos si hubiera intentado cogerlas. De culo andaba pobre, pero es mejor un culo pobre que uno grotesco. El problema es que aparte de culo plano y nula habilidad conductiva, tenía una especie de neurosis y su percepción se alteraba cuando, por ejemplo, no encontraba estacionamiento, algo que yo sabía controlar gritando en el interior de mi auto. A veces gritos salvajes, otras veces consignas como “Pelado Hijo de Puta!” y ese tipo de cosas.

Bueno, esta zorra no encontró nada mejor que decirme:

– ¡Eso no se hace!

Y yo llegué a suponer que se refería a mirarle las tetas, pero comprobé que llevaba lentes oscuros, así que podía mirar a piacere.

  • ¿A qué te refieres?

  • Tomaste el lugar que yo estaba esperando.

Respiré hondo. Mi fantasía de perderme entre sus tetas empezaba ahora a tomar la forma de una gran cuerda, muy áspera, incluso con bordes cortantes, inmovilizándola, estrangulando sus tetas sin piedad.

  • Por si no lo viste, había dos lugares. Yo tomé uno y te dejé otro, que como viste te alcanzó de sobra para estacionarte. Cuando ocupé el mío sabía que estabas esperando.

  • No puedes haber sabido, porque venías de lejos.

La muy puta tenía razón. Claro que venía de lejos, si ella estaba a cien metros! Claro que venía de lejos, si venía desde Santiago. Venía desde Quilpue, venía desde el infierno a tomar sus tetas y rebanarlas con hojas de Gillette. Venía desde el país de nunca jamás a cercenarle los pezones y de paso a follarme a la vieja que la acompañaba, que debe haber sido su madre.

Por otro lado, su neurosis saltaba a la vista. ¿Me estaba retando por haberle quitado uno de los dos lugares que, por el sólo hecho de estar a cien metros de su culo plano le pertenecían como por derecho divino? (y el izquierdo también, pero mi idea era cercenarle ambos y esparcir sus glándulas mamarias por las calles de Algarrobo). De ser así mi culpa era haber ocupado el lugar a sabiendas de que era de su majestad Culoplano Tetarica. Entonces, si luego agregó que “Yo no podía haber sabido” significa que me estaba puteando por otra razón. Me pregunté de nuevo si sería acaso lo de las tetas, pero era imposible. Me limité a señalarle que sus luces de retroceso se veían “de lejos”.

Puta de mierda. Ahora que lo pienso, si sus tetas aún se bambolean por el mundo es porque no fui lo suficientemente decidido como para darle su merecido y enseñarle algo de respeto.

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