Verano

El Verano me llena el alma
de sabores añejos
y apasionados.

Con la misma pasión
de una tarde de infancia
mojado hasta el cuello
en el pasto fragante,
el verano destella
con brillos secretos.

Con el verde fragor
de las tardes de enero
el verano se alza
y me arrastra en su jolgorio.

Hoy lo miro
desde atrás del espejo.
Hoy lo siento, tan tibio en el vidrio,
y contemplo a la gente
caminando en veredas
que quizá en otros tiempos
yo también recorrí,
sin un destino fijo,
más bien solamente
por perseguir al verano
detrás de cada edificio.

Sensación indescriptible,
el caos del verano,
libre de ataduras,
puedo emplear una tarde de verano
en perderme por Santiago
o caminar por Quilpué.
Puedo cruzar las calles de Temuco
o sentarme a la sombra
de los plátanos orientales
de Viña del Mar.

Es verano. No tengo tareas,
puedo tomar mi bicicleta
y pedalear la tarde entera
por calles verdes y frescas.
Puedo ver a alguna novia,
y admirar su silueta
entre sus ropas tan ligeras.

Lo veo pasar, ahora,
entre el recuerdo pasmoso
de otros días, otros ojos,
noche en nuestros ojos,
y también verano en mí.

También fue verano en mí,
alguna vez, y yo también fui verano.

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