Trini

Te miré con adoración,
desesperado.
Te veía adormecida
al amanecer y tras la barra,
tus mejillas morenas
se tornaban grises
de tan cansadas,
de tantas noches
atendiendo el único lugar
al que yo siempre volvía.

La miré, tan triste era
sentir que nunca, que nunca
sería mía, que nunca
entendería que la amaba,
y que aunque, borracho ya,
mil veces se lo jurara,
no iba a llegar a creerme,
ni podría llegar a quererme.

Trini, Trini, esos ojos divertidos,
que tantas veces me vieron mirarte
la mandíbula apretada, conteniendo
el dolor infinito de renunciar a ti.
Trini, amor mío, infinita,
nunca me he cansado
de escuchar tu voz.

Con tanto sigilo
me permito, tan sólo de vez en cuando,
soñar con tu cuello diáfano,
con tu boca que susurra,
y sin querer coquetea.
De tanto mirar tus labios
los aprendi de memoria
y llegué a leer en ellos
a mil años de distancia.

Es eso mismo, creo, el frío
que siento hoy en mis entrañas
cuando pienso que tú nunca
vas a ver estas palabras.
Esa certeza implacable
con que tu ausencia me droga,
el saber que desde ahora
hasta que que llegue mi muerte
me seguirá tu memoria,
y quizá no todo el tiempo,
sino sólo de repente

y hasta que llegue mi hora
me asaltará tu recuerdo
cuando menos me lo espere,
quemándome las neuronas,
y arrojándome a esta historia
que no escribo por que quiero
sino más bien por el miedo
de terminar trastornado,
sin voluntad ni sentido,
como un muñeco de trapo,
y pensando que es posible
que un día, más que escribirlo,
podré decirlo en tu oído.

Cada quien tiene su historia,
mi Trini, mi niña linda,
cada quien carga su vida,
y por lo menos en esta
nos vimos sólo al pasar,
sin poderte acompañar
en cada paso que dieras.

Te lo escribo ahora, creo,
en nombre de cada día
en que pasé obsesionado
con la mente en tu recuerdo,
de una y de muchas noches
en que no pude explicarte,
y balbuceé sólo en parte
lo que sentía a tu lado.

No es que me crea yo un santo,
pero a veces he pensado
que sólo el hambre de verte
pudo hacerme beber tanto.
Con la excusa de una copa,
que se convirtió en montones,
creo que gasté millones
brindando solo en la barra.
Y cada vez que podía,
cuando estabas ocupada,
me permitía mirarte
 y soñarte noche a noche.

Te juro que no era el vodka
quien me traía de vuelta
y ahí, parado en tu puerta
igual me hubieras tenido
aunque allí hubiesen vendido
calzoncillos de franela.

Y si en vez de ser barwoman,
hubieras sido otra cosa,
qué se yo, bibliotecaria,
con tan de ver tu mirada
habría acudido igualmente,
leyendo como un demente,
hasta aprenderme el Quijote,
la Biblia y la Enciclopedia
para que sin que supieras,
y cuando no te fijaras
asimilara tu cara,
para beber de tus gestos
con la sed de un peregrino
que ha atravesado el desierto
que comienza en tu silueta
y se extiende por tu cuerpo.

Quizá, ahora que lo pienso,
no sería pesimista
que hubieras sido forense,
o también enterradora,
incluso taxidermista,
al menos, de esa manera,
el desespero por verte
me habría llevado a la muerte
para pasar por tus manos
hoy mismo, y es menos malo
que agonizar lentamente
sabiendo que no eres mía.

PD: Cuando le mostré ese poema, ella se lo mostró a su novio, un alemán que pocos días después llegó a encararme. “Du bist mein freund”. Le dije, y se fue.

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