Trini

Desde el 2000 hasta el 2002 frecuenté un lugar en Apoquindo en donde terminé platónicamente enamorado de Trini, quien hacía las veces de barwoman, administradora y, de ser necesario también mesera.

Luego dejé de ir un tiempo y, cuando volví a ir, ya no era el mismo local. No era del mismo dueño y, por supuesto, ya no estaba Trini. De ella me quedan imágenes que se van desvaneciendo en la mente, y el poema que le escribí una de las últimas veces que nos vimos.

Te miré con adoración,

desesperado.

Te veía adormecida

al amanecer y tras la barra,

tus mejillas morenas

se tornaban grises

de tan cansadas,

de tantas noches

atendiendo el único lugar

al que yo siempre volvía.

La miré, tan triste era

sentir que nunca, que nunca

sería mía, que nunca

entendería que la amaba,

y que aunque, borracho ya,

mil veces se lo jurara,

no iba a llegar a creerme,

ni podría llegar a quererme.

Trini, Trini, esos ojos divertidos,

que tantas veces me vieron mirarte

la mandíbula apretada, conteniendo

el dolor infinito de renunciar a ti.

Trini, amor mío, infinita,

nunca me he cansado

de escuchar tu voz.

Con tanto sigilo

me permito, tan sólo de vez en cuando,

soñar con tu cuello diáfano,

con tu boca que susurra,

y sin querer coquetea.

De tanto mirar tus labios

los aprendi de memoria

y llegué a leer en ellos

a mil años de distancia.

Es eso mismo, creo, el frío

que siento hoy en mis entrañas

cuando pienso que tú nunca

vas a ver estas palabras.

Esa certeza implacable

con que tu ausencia me droga,

el saber que desde ahora

hasta que que llegue mi muerte

me seguirá tu memoria,

y quizá no todo el tiempo,

sino sólo de repente

y hasta que llegue mi hora

me asaltará tu recuerdo

cuando menos me lo espere,

quemándome las neuronas,

y arrojándome a esta historia

que no escribo por que quiero

sino más bien por el miedo

de terminar trastornado,

sin voluntad ni sentido,

como un muñeco de trapo,

y pensando que es posible

que un día, más que escribirlo,

podré decirlo en tu oído.

Cada quien tiene su historia,

mi Trini, mi niña linda,

cada quien carga su vida,

y por lo menos en esta

nos vimos sólo al pasar,

sin poderte acompañar

en cada paso que dieras.

Te lo escribo ahora, creo,

en nombre de cada día

en que pasé obsesionado

con la mente en tu recuerdo,

de una y de muchas noches

en que no pude explicarte,

y balbuceé sólo en parte

lo que sentía a tu lado.

No es que me crea yo un santo,

pero a veces he pensado

que sólo el hambre de verte

pudo hacerme beber tanto.

Con la excusa de una copa,

que se convirtió en montones,

creo que gasté millones

brindando solo en la barra.

Y cada vez que podía,

cuando estabas ocupada,

me permitía mirarte

y soñarte noche a noche.

Te juro que no era el vodka

quien me traía de vuelta

y ahí, parado en tu puerta

igual me hubieras tenido

aunque allí hubiesen vendido

calzoncillos de franela.

Y si en vez de ser barwoman,

hubieras sido otra cosa,

qué se yo, bibliotecaria,

con tan de ver tu mirada

habría acudido igualmente,

leyendo como un demente,

hasta aprenderme el Quijote,

la Biblia y la Enciclopedia

para que sin que supieras,

y cuando no te fijaras

asimilara tu cara,

para beber de tus gestos

con la sed de un peregrino

que ha atravesado el desierto

que comienza en tu silueta

y se extiende por tu cuerpo.

Quizá, ahora que lo pienso,

no sería pesimista

que hubieras sido forense,

o también enterradora,

incluso taxidermista,

al menos, de esa manera,

el desespero por verte

me habría llevado a la muerte

para pasar por tus manos

hoy mismo, y es menos malo

que agonizar lentamente

sabiendo que no eres mía.

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