Qué sueño más raro

Con los años mis sueños se han ido volviendo cada vez más elaborados, y los escenarios en que tienen lugar están tan bien hechos que ya no me es tan fácil darme cuenta que estoy soñando.

Hace poco tuve el sueño más extraño, elaborado y fascinante que me haya tocado experimentar, y aunque con el correr de los días se me han ido olvidando los escenarios febriles que vi, el argumento sigue completamente claro.

En ese sueño, yo trabajaba en una especie de agencia o instituto en donde el cometido era rescatar a las personas que habían ido al infierno. Puede sonar absurdo en primera instancia, pero en este sueño, las personas que morían en una situación perturbadora quedaban para siempre encerrados en una especie de pesadilla. No es que hubiese una dimensión astral considerada cielo o infierno en donde todos se juntaran a sufrir o a gozar, sino que cada uno vivía su propia pesadilla o su propia liberación. Cada infierno era distinto, en el fondo los muertos le daban forma y textura de acuerdo a cómo pensaban que debía ser. Pero nada los retenía ahí, sólo se empecinaban en que les correspondía el infierno hasta que uno de la agencia los convencía de salir de ahí.

Nunca me quedó claro si la agencia se manejaba con fines altruístas o los parientes nos contrataban, pero por ejemplo me tocó viajar (siempre hablando de viaje astral) a rescatar a una mujer que se había suicidado hacía varios años. En el sueño ella seguía sangrando de sus brazos hechos jirones, y para llegar hasta donde estaba tuve que atravesar una especie de quebrada… era como el Canal San Carlos pero con muy poca agua. Sólo mucho barro y basura. No había sol pero no estaba oscuro, era como el crepúsculo de un día nublado, todo teñido de un tono oxidado.

Al final llegué donde ella y tuvimos una larga conversación en que la convencí de que no era su culpa (bueno, es mentira, sí era su culpa, pero mi pega era liberarla). Al final la hice reir (no era nada de fea si obviamos que tenía los brazos rajados hasta los codos, y no tenía huesos, pero bueno, son detalles).

Cuando logré convencerla de que podía salir de ahí si quería, fuimos juntos hasta la salida. Recuerdo particularmente de ese momento que le envolví los brazos sangrantes en una toalla (era como envolver dos piezas de costillar crudo, tenía esa textura) y le dije sintiendo infinita conmiseración y con todo el cariño que podía sentir: “mírate cómo quedaste…”. Luego la abracé y ella se fue, probablemente a ninguna parte pero al menos a una muerte final, sin sueños, y yo me volví a la agencia.

Luego vino el caso de una guagua que había muerto por una negligencia de sus padres. A la guagua la mantenía ahí el rencor por los papás weones.

El infierno de la guagua era aterrador. Mientras el de la mina era como una etapa del silent hill 4 que no asustaba a nadie, el de la guagua era super perturbador. Era mucho más oscuro, una noche cerrada y casi sin luz para ver el camino. Habían cosas que se movían por la periferia del campo visual, cosas que eran como las sombras de la película Ghost.

Todo el viaje me fueron susurrando cosas al óido, pequeñas amenazas, obscenidades, burlas. Mientras caminé donde esta guagua muerta, comprendí que el trabajo no carecía de peligro, que si no me mantenía cuerdo sabiendo que estaba en una pesadilla ajena podría no despertar nunca y quedarme ahí haciéndole compañía al dueño de casa.

Finalmente encontré la guagua. Su sola existencia era grotesca porque era digamos como la guagua del video Teardrop, sólo que hablaba y reflexionaba como adulto. Me explicó que su muerte había sido la culminación de un descuido permanente y que los pocos meses de vida que tuvo, no recibió ninguna atención, ningún cariño.

A la guagua la convencí tomándola en brazos y meciéndola. Fue bastante asqueroso porque además de la aversión que me despertaba de por sí, al tomarla me di cuenta de que su carne era gelatinosa, que mis dedos se hundían en su piel como si fuera esa mierda de queso de cabeza que venden.

La salida de ahí tampoco fue fácil. Las sombras que se burlaban de mí a la entrada a la salida se me tiraron en mala y tuve que correr con la guagua de jalea en brazos. Aparentemente no había sido bautizada y aunque le dije que eso no significa nada, ella pensaba que estaba ahí por eso, y lo que pensara el dueño de casa, en ese infierno particular cobraba forma.

Al final salimos, la guagua se fue, se desvaneció o más bien se deshizo como papel quemado. Yo estaba raja, muy asustado, y desperté al poco rato con una taquicardia del gran orto. Eran las 5 de la mañana y no me quedó otra que levantarme porque no podía volver a dormir.

Le comenté el sueño a un amigo y le dije que me seguía perturbando el recuerdo del segundo infierno, y que me aterraba la posibilidad de que efectivamente dejar de creer en un Dios no me libera de la noción de un lugar horrible que nos espera después de la muerte…. y que no llegamos ahí por que un ser superior lo decida o porque un demonio nos quiera robar el alma y torturarnos, sino porque nosotros mismos hacemos nuestro laberinto y nos metemos en él pensando que lo merecemos.

Mi amigo me dijo: “escríbelo” y eso hice.

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