Me voy de viaje

En poco menos de una hora pasará a buscarme el transfer para trasladarme al aeropuerto, en donde a las 7:30 abordaré un vuelo a Buenos Aires dando comienzo a mis vacaciones.

De verdad, me cuesta tomarle el peso a esa palabra. Vacaciones. La última vez que tomé vacaciones fue hace tres años y la vida era muy distinta para mí. Tenía un trabajo 100% asegurado en la empresa de mis padres, veía como CHW crecía lentamente recibiendo no más allá de 5000 visitas diarias y la idea de tener un hijo se me aparecía muy lejana.

Muchas cosas han pasado desde entonces. La empresa de mis viejos se fue al tacho y conocí lo que es pasar meses golpeando puertas, aterrizar en una empresa en donde no eres nadie y forjarme un nombre en ella al punto que poco más de un año después me he vuelto tan indispensable que hoy, en vísperas de mis vacaciones, trabajé 14 horas seguidas porque sencillamente hay cosas que sólo las sé hacer yo. En parte culpa mía por no entrenar a alguien y como dicen los jefes flojos “delegar”, y en parte egoísmo y secreto orgullo de dominar un conocimiento adquirido en pequeños y atesorados instantes de genialidad, y madurado luego con la práctica. Tiene de bueno y de malo, trae prestigio pero trae ataduras y responsabilidades. Como todo. Lamento que para disfrutar de este prestigio haya tenido que verme enfrentado de golpe y porrazo a la cesantía, y que mis padres hayan perdido su empresa. Sin embargo ellos siguieron haciendo consultoría y hoy les va mejor que antes, y yo, bueno, ya les dije, empecé de cero en un nuevo trabajo y ahora me hice un nombre en él.

Pasaron otras cosas, como por ejemplo que el sitio creció desmesuradamente y de ser un hobby casual se convirtió en un segundo trabajo que consumía cada instante de mi tiempo libre, en parte escribiendo que es lo que me gusta hacer, pero también en parte arreglando cagazos, ocupándome de la parte administrativa, intercediendo en controversias propias de la comunidad y en el camino aprendiendo una tonelada. Tiene de bueno y tiene de malo, como todo. A cambio del tiempo que gasté tuve pequeñas recompensas materiales -un PC decente en comodato- y grandes recompensas intelectuales a tal punto que terminé ganándome la vida, en mi trabajo diurno, gracias a lo que aprendí de programación y bases de datos en CHW, mi trabajo nocturno.

Luego está lo de mi hijo, que ya está confirmado como varoncito y que tiene a toda mi familia revolucionada, y a mi madre y todas mis tías alucinando con la ecografía de 17 semanas en que se mueve anticipando a un chiquillo hiperkinético, que le vamos a hacer. A diferencia de casi todas las cosas, cuando pienso en él no imagino una balanza de sacrificios y recompensas. No digo que tenga de bueno y de malo pues la sola posibilidad de sacrificarme por él es de por sí parte de los privilegios. Espero ser digno de él y no decepcionarlo nunca.

Finalmente, hoy sepultamos al tio Manuel. El pobre tio Manuel, un hermano de mi suegra que nunca tuvo un trabajo estable y despilfarró todo lo que tenía en mujeres y amigotes. Un hombre de gran corazón pero que vivió siempre en un castillo en las nubes, ideando proyectos que le permitirían hacerse rico de la noche a la mañana prácticamente sin mover un dedo. Pobre tio Manuel. En sus últimos años prácticamente lo manteníamos entre mi mujer y yo, procurando que no le faltase nada pero viendo con impotencia que el dinero que recibía se iba en gran parte en más mujeres y más proyectos imposibles. Es poco lo que podíamos hacer por él, más que acompañarlo de vez en cuando para oir sus proyectos imposibles que hasta nos daban un poco de rabia. El tio Manuel nunca construyó nada -simbólicamente hablando- que perdurase, y llegó a viejo sin nada conformándose con la compañía ocasional de una familia indirecta como nosotros. No juzgo al tio Manuel, aunque no puedo evitar pensar que se cosecha lo que se siembra. No me apena que haya muerto pero sí me apena pensar cómo vivió, cómo se deslizó siempre por la superficie de la vida sin echar raíces en suelo fértil.

Pensar en el rostro del tio Manuel dentro del ataúd, por fin con una expresión de descanso en vez del rictus de dolor que lo acompañó los últimos meses me hace pensar al mismo tiempo en nuestra decisión con Betazeta. La vida debiera de consistir en buscar la belleza, la bondad y el calor de tus seres queridos, pero a menudo se confunde con arroparse de compromisos y obligaciones autoimpuestas. No digo que la salida sea deshacerse de todo, pero sí soltar un poco la mano. El tio Manuel se ha ido, tal como nos dijo hace 10 días, se murió antes de que viajáramos para que pudiésemos despedirlo, y mi mano fue la última que dejó ir el ataúd antes de depositarlo en la sepultura. Pero al final lo dejé ir, porque de nuevo y con todo el cariño que llegué a tenerle, era una carga autoimpuesta. Como el ser indispensable en mi trabajo, como el trabajar hasta las 2 de la mañana todos los días en el sitio.

Miro hacia atrás y se que este es un remanso a la espera de otra etapa, y lo se porque por esas cosas del destino en estos puntos siempre parecen coincidir muchos eventos al mismo tiempo. Quiero pensar que aprendí algo, que lo que viene ahora me encontrará con nuevas armas. Quiero pensar que ese algo es como dice Lester Burnham al final de American Beauty: “Then I remember to relax, and stop trying to hold onto it”. Quiero pensar que en el futuro aprenderé a no arroparme con más compromisos y obligaciones que los necesarios, porque me queda mucha vida por delante y no quiero que sea un apostolado sino un largo viaje del cual nunca me aburra.

Dicho esto, veo que faltan 20 minutos para que llegue el transfer, me despido dejándoles encargado el boliche y nos estaremos viendo.

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