A mi amigo Franco Carcuro

Conocí a Franco, mi amigo, hace 28 o 29 años, ya no recuerdo si en prekinder o kinder. Era una de esas personas que llama la atención de inmediato: su pelo de un rojo furioso, su estatura imponente y la piel intensamente blanca. Nunca pensé que terminaría tomando la decisión de quitarse la vida después de varios años de luchar contra una depresión endógena. Así quería empezar mi relato, enunciando el principio y el final, porque todas las cosas los tienen y Franco me lo recordó.

Admiré siempre a Franco. Desde pequeños me llamó la atención su destreza en los deportes, su meticulosidad en el estudio (tenía promedio 6.8), su inteligencia aguda, su serenidad y su mordaz sentido del humor. En retrospectiva, siempre sentí que Franco era todo lo que yo intentaba ser, sólo que a él se le daba natural.

Justo ahora que ya no guardaré nuevos recuerdos de él, aquellos que ya tengo parecen esquivos en la memoria, no logro conectarlos ni darles un hilo. Los traigo a colación en desorden porque así me van llegando. Unos llaman a otros sin respetar tiempo ni relevancia.

Guardo recuerdos de octavo básico, en el año 1990, cuando fuimos compañeros de banco en la última fila y disfrutamos de nuestros gustos comunes: hablar de The Beatles o compartir los audífonos para escucharlos en el Walkman. Aguantar los ataques de risa hasta que ya era muy notorio y nos llamaban la atención, juntarnos a andar en bicicross por las tardes, y a veces jugar ajedrez en clase de castellano disimulando el pequeño tablero magnético bajo la mesa. Compartir con ese niño llamado Franco era una experiencia serena. Franco era un niño que se imponía por presencia, sin ser el florerito o andarle pegando a nadie.

Poco más de dos años después de salir del colegio, en febrero de 1997, hicimos un viaje con Franco y otros cuatro amigos. Estuvimos 3 semanas recorriendo el sur, desde Mulchén a Castro, en mi viejo 205 y la camioneta de otro amigo. Qué bien lo pasamos. Cuando supe de su muerte miro las fotos y trato de ver en cada arruga de su frente una señal, pero no hay nada. Éramos unos muchachos y él, el muchacho más sano de todos. Deportista, estudiante de derecho, alejado de las drogas, el cigarro y el alcohol, que cuando ocasionalmene probó un trago se mareó y se tuvo que ir a acostar.

Recuerdo de ese paseo que nos burlábamos de él porque atacaba el plato por porciones: si comíamos pollo con tomate y arroz, él comía todo el arroz antes de tocar el tomate, y todo el tomate antes de tocar el pollo. Le disgustaba mezclar las porciones, en un rasgo más de su personalidad metódica y organizada. Asi como era asquiento a la hora de mezclar sabores, vivía con disgusto por el caos y el desorden y lo combatía. Tal vez esa es la esencia de los líderes, la vocación de amoldar el caos a la forma del orden.

Con el tiempo nos fuimos alejando, yo me casé y mi círculo de amigos paulatinamente tuvo menos puntos de contacto con mis amigos solteros. Creo que las últimas tres veces que carreteamos juntos fueron mi despedida de soltero, mi matrimonio y luego una vez en que los invité a todos, pocos meses después, a mi residencia de casado, y terminamos sacándonos fotos en calzoncillos mientras las mujeres se mataban de la risa. En ese tiempo Franco era todo alegría, o yo lo percibía así. ¿Cómo no preguntarme ahora si la semilla de la depresión que lo envenenaba estaba ya germinando y él no lo dejaba entrever?

Lo vi muy poco en los años que siguieron: los cumpleaños, el matrimonio de algún amigo, quien sabe. Escuchaba a veces que “Rojo” no andaba bien, que estaba atormentado, que se mandaba cagadas de vez en cuando. Pero el tiempo siguió pasando y luego supe que había hecho un magister en Suiza y que era director de un campus en la Universidad Santo Tomás, por lo que pensé que sólo había dejado atrás una etapa turbulenta y ahora le tocaba la plenitud que siempre intuí para él.

Intercambiábamos mensajes en Facebook, de vez en cuando. Para mí él era el paradigma del éxito: tan jóven y ya en un rol académico que es mi sueño. Buen sueldo, buen auto, Franco estaba ya en tierra derecha y confirmaba mi noción de que la gente correcta al final se impone. Pero me equivocaba, cuánto me equivocaba. El viernes a mediodía mi mujer me llamó para contarme que habían informado la muerte de Franco por la radio. Cuando quise confirmarlo, me di cuenta de que estaba tan lejos de Franco que no sabía a quien preguntarle. No tenía el teléfono de su mamá ni de su hermano. Llamé a dos amigos que creía más cercanos y al final, sin querer, les dí la noticia en tono de pregunta. Al rato llamaron confirmando. Franco había elegido terminar con su calvario. Al día siguiente lo cremaron y ni siquiera tuve la oportunidad de presentar mis respetos.

Lo recuerdo hoy como lo veía a los 13 años, todavía con profunda admiración. Hoy siento que se fue una persona mejor que yo y me siento culpable hasta del aire que respiro. No puedo dormir, y me pregunto cómo pueden pasar estas cosas. A uno le enseñan que la gente mala se va a la mierda y los buenos triunfan, pero pasa al revés: los estafadores se salen con la suya, los malos empleadores, los falsos importadores, todos la sacan barata. La gente buena en cambio sufre, como Franco sufrió, y se pierde.

Circula entre mis antiguos compañeros una cadena en donde acuerdan que cada uno escribirá una reflexión sobre Franco y luego uno entregará a Pedro, su padre. En realidad, me he sustraído de ello con un poco de molestia. Creo que el dolor es algo que debe vivirse a la manera de cada uno, que no es necesario organizarse para sufrir ni menos aceptar un representante autoinvestido.

Aunque don Pedro es una insigne figura del periodismo deportivo, en realidad con él prácticamente no tuve contacto en los 13 años que fui compañero de Franco. Le deseo fortaleza, sí, porque también soy padre y sé cómo se ama a un hijo. Me siento más cercano, en cambio, hacia su madre, Patricia, y su hermano, Giovanni, hoy un gran traumatólogo y un tipo de gran corazón que nos defendía en los recreos de los matones de otros cursos. Frente a su dolor, que es grito desgarrador, el mío no es sino un latido sordo. Si el mio no me deja dormir, no quiero ni imaginar cuánto les duele a ellos. Pero nuevamente, el dolor se vive a la manera de cada uno. No quiero que ellos me escriban cómo es su dolor, yo tampoco los importunaré con el mio.

De la muerte de Franco me quedan dos cosas: el dolor de su partida y el tesoro de su memoria. La memoria la guardaré para mí y trataré de ser y de enseñar a ser como era Franco cuando estaba bien, cuando estaba sano. Quiero que mi hijo pueda ser como él cuando controlaba la ira y en vez de explotar respiraba hondo y luego decía algo sensato, sin nunca traicionarse.

El dolor, en parte mitigado por ver escrito en la pantalla lo que era una marea sin forma en mi cabeza, se lo ofrendo directamente a Franco esté donde esté: mi corazón rechaza intermediarios y no reconoce otros destinatarios.

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