Taipei 2010: La Cobertura Alternativa

Cuando a algunos les tocó leer Oliver Twist en el colegio, sopesaron el libraco diciendo: “Cómo pretenden que lea esto!”. Bueno, cuando Charles Dickers contempló escribirlo probablemente dijo: “Cómo pretenden que escriba esto!” también, por lo que en su edición original, Oliver Twist se publicó por capítulos en un semanario, entre 1837 y 1839.

No pretendo comparar nuestra humilde pluma con la del insigne inglés, pero nuestra cobertura de Computex Taipei 2010 estuvo compuesta por muchas pequeñas entregas a modo de bitácora que hoy, en un día de más calma, les traemos de un viaje. Literalmente, es toda la historia de un viaje, el viaje que gracias a MSI pudimos realizar al otro lado del mundo, y todo lo que encontramos allá.

Como hemos dicho otras veces, hicimos este sitio para reunir a personas en torno a un hobby común. Ese hobby es el hardware, pero no siempre tenemos que hablar de Hardware. En esta nota, vemos el lado humano y anecdótico de nuestro periplo.

Santiago Amsterdam

Todo empezaba a mediodía del 27 de mayo. Mientras hacía hora para el transfer, les conté a los usuarios del viaje que nos esperaba y se acumularon los parabienes, pararrayos y uno hasta me mandó a la punta del cerro, pero lo importante es que me di cuenta de que tendría bastantes lectores para la crónica: eso siempre es bueno.

Después de un check-in impecable esperé el resto de la tarde leyendo El Nombre de la Rosa y llegó la hora de abordar tipín 18:00. Entre medio compré un seguro de vida (y médico) por los 13 días y me costó 75 lucas. Literalmente me asaltaron, pero justo estaba leyendo un parte del libro donde un niño se queda sin papá y es entregado a un monasterio y bueno, me sugestioné. No quiero que mi hijo sea monje.

Quedé de la mitad para atrás en el trio de asientos del lado derecho de un Boeing 777. A mi derecha en la ventana, una chilena bien bonita de nombre Carolina. Asistente Social en Temuco. A mi izquierda un inglés enorme tipo Tweedledum, que era el tipo con más mála suerte que he conocido. Desde que estábamos subiendo la gente lo pasaba a llevar. Cuando pasaba el carrito invariablemente le daba un raspacacho, y cuando llegó un chileno que se creía francés abrió patudamente nuestro guardaequipaje y cayó la mochila del inglés directamente sobre la cabeza de su dueño. No tenía remedio el pobre. La chilena era buena conversadora pero se durmió poco después de la medianoche y yo me dediqué a ver películas en la pantalla interactiva: alcancé a ver Shutter Island, Inglorious Bastards, Precious, Sherlock Holmes y medio dormité a través de un capítulo de CSI que no había visto. Si tienen un hijo chico, no vean Precious, es demasiado triste, de hecho creo que lloré pero no me salieron lágrimas porque tenía unas lagañas que parecían miti-miti taponeando el lacrimal.

Cuando llegamos a París la chilena tenía una conexión a Stuttgart en el terminal F de Charles de Gaulle para el que hay que tomar un trencito. La pobre no hablaba inglés y estaba más confundida que ocho así que la acompañé por todo el proceso. Era como un tuerto guiando a un ciego pero cuando uno pregunta para terceros como que es más asertivo. La dejé en la rampa que lleva al shuttle y nos despedimos de un abrazo deseándonos lo mejor para nuestros respectivos viajes.

De ahí pasé algunas horas en el terminal F normal de CDG. Debo decir: El aeropuerto Charles de Gaulle de París es uno de los lugares más inhóspitos del planeta, al menos el 2F donde me tocó esperar. La zona   tiene un solo baño en donde hay que hacer fila, en vez de toallas de papel tiene una de esas toallas de género que van rotando y están negras de piñén. Hay que bajar dos pisos para llegar a él, los restoranes no venden cerveza, las bebidas valen 3 euros y hay demasiada gente. Odié Charles de Gaulle salvo porque al llegar y al salir alcancé a ver la isla donde quemaron a Jacques de Molay en 1314. Ya la había visitado hace 16 años pero en ese entonces no había leído el Péndulo de Focault ni Los Reyes Malditos.

Esperé la hora de abordar el vuelo a Amsterdam cabeceando cerca de la puerta de embarque. Pronto llegó la hora  y el vuelo de París a Amsterdam fue una delicia, un avión de esos chicos donde los asientos tienen más espacio, y encima me tocó en la salida de emergencia, o sea tenía como un metro y medio para estirar las piernas. En general el defecto de estos asientos frente a la salida de emergencia es que tienes la pantalla y la bandeja en una ubicación incómoda que te obliga a desplegarlas, pero en estos Boeing 737 no hay pantalla individual y en un vuelo de hora y media con suerte te dan unos crackers y algo para tomar. Yo opté por una Heineken a sabiendas que es distitna en este país que en Chile y, efectivamente, es otro amargor.

Aeropuerto Shiphol, mi preferido en el planeta

Al poco rato llegamos a Shiphol, uno de los aeropuertos más agradables del mundo. Tienes como ocho terminales, pero todos ellos están plagados de Duty Free, restoranes, baños, etc. Hay un control de policía en medio que eventualmente tienes que pasar, pero separa cuatro terminales de los otros tres. Si estás en tránsito no necesitas pasar el control en seguida. Puedes tomarte un café y estirar las piernas mientras baja la fila. En CDG en cambio es distinto: llegas a un pasillo en un piso (igual que en Chile) y si quieres esperar en los Duty Free y cafeterías que están en otro piso, obligatoriamente hay que pasar por Policía Internacional. Prefiero el planteamiento holandés.

De todos modos, de puro huaso, pasé P.I. en seguida y delante mío en la fila había una pareja surcoreana. Ella bonita, él desaliñado, y resulta que cuando le hicieron unas preguntas pasó que no sabía inglés pero ella sí. Eran mi versión juvenil de Sun y Yin. Más encima comentaron que estaban de luna de miel. Después cuando me toca, me doy cuenta de que el negrito de Policía Internacional que me atiende es calcado a Patrick Cluivert. Casi le digo algo pero dije naaaa, seguro se enoja. Después en el viaje de vuelta aprendí que no, que estos PI de Holanda son todos pichangueros.

Pasando PI mis ojos divisan las palabras mágicas: Noodles Bar. De  todas las leseras que podría haber comido, en medio de europa y de camino al oriente, elegí un puesto de ramen. Es una lesera porque voy a un país en donde venden ramen en todas las esquinas pero era un lindo puesto y atendía una japonesa muy simpática. Incluso hice una broma sobre naruto y su predilección por Ichiraku’s Ramen y la entendió. Seguro que era la vez número 3 millones que la escuchaba. Como sea, aquí está mi plato.

También en Amsterdam compré un cargador de pilas con cuatro pilas multivoltaje (taiwan es 110V y el cargador ordinario que tengo en stgo es sólo 220v) más una afeitadora eléctrica de bolsillo y un adaptador de todos los tipos de enchufes posibles a formato “dos paletas” como hay en en taiwan. Incluso te permite adaptar un enchufe de taiwan a otro de taiwan por si quieres hacer un enchufe muy largo.

Compré un kit de conexión wifi (20 Euros, 90 minutos) y pasé la hora refrescándome y navegando. Descubrí que al fondo del terminal E no había ni un alma y había un baño solitario, limpio y silencioso. Yo odio hacer mis necesidades en baños atestados pero sí, de paso aprovecho de reconocer que hasta los más famosos escritores de la historia iban al baño. Yo no pertenezco a ese club pero sí al de los que va al baño. Saliendo del baño de mis sueños, ya estaba cerca de la  hora de abordar el vuelo a Taipei via Bangkok. Me fijé que me tocaría viajar junto a John Locke y empecé a mirar qué tal eran los otros pasajeros, pero no logré ver a Kate.

El viaje a Taiwan

Descubri que para viajes largos KLM es mucho más grato que Air France. Asientos más amplios, mejor comida, bar abierto (que en realidad casi no usé) y auxiliares de vuelo sumamente amables.  A mi lado venía una muchacha thai cuyo apellido no recuerdo pero el nombre de pila era Shitma.

A los pocos kilómetros en el aire ya estábamos conversando de lo más animados sobre cocina del sur de asia. Le contaba sobre nuestros restoranes thai, el Pad Thai, el curry masaman, la sopa Tomyun y todos los inventos absurdos que hay que hacer acá para simular los ingredientes que faltan. También hablamos sobre cocina vietnamita, y en general de toda la experiencia de visitar restoranes étnicos alrededor del mundo.

Shitma se bajó en Bangkok y al volver de esa corta escala, no tenía a nadie en el asiento de en medio por lo que nos fuimos conversando con John, un taiwanés que iba en la ventana. Él se manejaba con el tema computex y me dió varios tips. Para empezar me dijo: la zona donde está tu hotel no está ni remotamente cerca de Computex, pero es un barrio muy típico para conocer, están todos los restoranes “picada” y afuera de ellos, por si fuera poco, se ponen carritos con las comidas más populares.

No se imaginan cuánta razón tenía John.

Llegando a Taiwan

Taiwan me recibió como un mundo perfecto y civilizado. Pasé rápido por inmigración, notando que tienen un scanner de temperatura y ponen en cuarentena a cualquiera que entre o salga con fiebre. Tomé nota mental y me dirigí a tomar mi maleta, que salió de las primeras. Luego,  el taxista hablaba inglés. Lo que sí mi hotel quedaba muy lejos y pagué NT 1200 por el viaje, como 20 lucas. Sea como sea, era un mundo civilizado.

Llegué al hotel y atendían puras mujeres, el único hombre era un chino que estaba afuera  y sacó el equipaje del taxi y lo dejó adentro. Cuando me registré, una de las chicas me acompañó al ascensor y me dijo “welcome to taiwan”, e hizo una reverencia que parecía elongación, y no se movía, me sentí muy incómodo y casi le digo “párese señorita si no soy de la nobleza” pero en fin, así es el procedimiento. Como no se enderezó más me mandé a cambiar porque supuse que si me quedaba ahí eventualmente se iba a desmayar por la posición.

Subí a mi pieza y el lugar era un palacete! Tenía una cama super king, una TV de 42″ y el baño era enorme.

 
Dejé mis cosas y dije “no voy a ser de esos giles que vienen al otro lado del mundo y comen en el mcdonalds” así que salí a la calle. El sector de Taipei donde estaba me echó por tierra eso de mundo civilizado. Era como una feria navideña de barrio superpuesta a la Avenida Valparaíso de Viña del Mar, o sea lleno de gente, lleno de ofertas y todas las tiendas con un tipo afuera gritando algo… no sé qué habrán gritado porque era en mandarín.

Estaba muerto de hambre y sed, y como dije que no iba a ir a starbucks ni mcdonalds me lo tomé en serio, compré en la calle. Esto está lleno de gente vendiendo comida en la calle. Compré unos rollitos de cerdo con cebollín y sésamo (NT50 o sea 800), una brocheta con 12 corazones de pollo, que me encantan (NT 30, CLP 480) y créanme que fué una hazaña comunicarme con el viejito que los vendía. Casi todo fueron señales y números con los dedos.

Luego compré un vaso de 1 litro de té helado. La niña que me lo vendió era sencilla pero “cute”, y hablaba muy poco inglés. Me indicaba los sabores y yo le dije: “which one is your favorite” y me indicó uno que sabe a Darjeeling, linda ella.

Luego, ya camino al hotel de vuelta, compé una tortilla de repollo. O sea, yo pensé que compraba eso, pero junto con la tortilla me echaron choclo, una especie de charqui de pescado, y algo verde que parecía un arbusto. Después supe que el charqui era serpiente, pero era tarde para disfrutarla. Para el caso sabía a pescado seco.

Por otro lado, en cuando a las cosas raras, venden caracoles para llevar. No para que te los lleves arriando (eso tomaría mucho rato) sino caracoles de mar, crudos, en un cambucho. Y la gente viene y se los come de un chupón. Bueno, en realidad es lo mismo que hacemos con las ostras y las almejas.

Me acosté, pasé las siguientes horas intentando sacarme el jetlag y al otro día volví a salir casi a la misma hora con similares resultados. Mucho comercio, mucho comer cosas raras incluyendo cosas que no sé si eran saltamontes o camarones. (Update, gracias a Andrew Zymmern supe que en realidad eran lenguas de ganso) Un burrito que creo que tenía medusa dentro por lo gelatinoso (aunque pudieron ser algas… quien sabe). A esa altura había perdido la timidez y me acercaba sin dudar a la gente a pedirle si podía fotografiarla. No es algo que haría en mi país pero acá, al otro lado del mundo, seguro todos me veían como Luis Guzmán.

Pero entre todas esas aventuras de mi segunda noche, cometí creo que los dos únicos errores del viaje. Compré una ensalada de fruta callejera y una especie de jugo de bambú, eventualmente pagaría las consecuencias de ambos.

Entre todo ese gentío, carritos, fritanga y -lamento decirlo- basura, se erige el templo de Cixian, construído en 1796 en honor de la diosa Mazu. No digo que acá no lo hagamos pero es medio impresionante que a dos metros de la puerta del templo haya un carrito de pizzas y otra parrilla con ruedas. Mazu es una diosa marina a semejanza de lo que nosotros tendríamos en la Pincoya, protege a marineros y pescadores.

Desayunos de Lujo

Tengo que tomarme el tiempo para comentar sobre los desayunos del hotel. He estado en muchos hoteles en mi vida y algunos realmente buenos. Descartando los All Inclusive, creo que este hotel de Taipei tenía uno de los mejores servicios de desayuno que me haya tocado probar.Me recibieron con una omelette que tenía champiñones, tomate, cilantro, choclo, tomate, queso cheddar y otros ingredientes que no identifiqué. Exquisito, uno de los mejores omelettes que he comido.

Además había cuatro tipos de pan,mantequilla mermelada, té, café, jugo de naranja, de arándano, leche, cereales, tocino, salchichas, sopas, arroz sopeado, ensaladas de fruta y verduras, unos bollos chinos dulzones que no son de mi predilección pero a la gente le gustan, y otras delicias.

Yo durante los días de mi estadía comí casi de todo lo que había ahí, aunque algunas cosas las repetí más que otras. La omelette la pedí todos los días hasta que al final como estaba medio enfermo opté por las tostadas y tecito puro, pero claro, a esa altura ya había pasado como un camión de colesteron entre pera y bigote.

Una anécdota respecto del desayuno: un día estaba  en lo mejor comiendo y un gringo me dio un palmazo en la espalda que me descuadró. “Chile Hardware!!!” me grita. Era de Zotac y me comentó sobre un review que hicimos hace varios meses. La fama no perdona.

Masajes

Otro aspecto que me llamó la atención eran los salones de masajes. No era como en estos lados un burdel con tapadera de masajes, ni tampoco corresponde a los sensuales masajes orientales que a uno le muestran en las películas. Son como unas peluquerías donde adentro se ve una fila de chinos con los pies en el agua y reclinados en unos futones.

La cosa es que la noche del domingo para lunes no podía dormir, me dolía mucho la espalda y tenía un tirón que me impedía mirar a la izquierda. Me vestí y bajé como a las 4am a ver si estaba abierto y, para mi sorpresa, estaba.

Yo acudí sin saber qué me esperaba y me atreví a pensar en una chinita sensual haciendo casi la ceremonia del té previo al masaje. Las pinzas. Pagué NT 600 por una hora de masaje y me recibió un chino de 1.50 con cara de pocos amigos. Me hizo tenderme en una camilla y los siguientes 60 minutos hizo crujir cada unos de los huesos de mi cuerpo al punto que en algunos momentos casi intento huir. Era un sádico, y como que tomaba vuelo o mejor dicho saltaba para darme unos codazos en la espalda que dolían como rediablos. Al menos cumplió su objetivo, y me quitó el dolor de espalda y el tirón, reemplazándolos por un dolor generalizado pero laxo.

Otro día, no sé si al siguiente, acudí a otra masajería un poco más cool y una señora me hizo un masaje de pies y espalda. Yo pensé que eso dolería menos pero me equivocaba: según ella si uno tiene un órgano malito y te presionan en la zona del pié que corresponde a éste, claro que duele. Bueno, entonces tengo mala la mitad del cuerpo, porque esta señora tenía en los dedos verdaderos émbolos neumáticos que me provocaron varios calambres en los pies, pero ella con su mano esperto los paraba y revertía de un golpe. Así estuve, entre golpes y calambres, durante varios minutos. No sé si salí relajado de ahí, pero fue interesante la experiencia más que nada para atender un poco unos pies que habían estado caminando como todo un peregrino.

Cobertura Computex

La semana que nos esperaba era titánica. Recorrimos kilómetros de pasillos, fotografiámos centenares de pequeños puestos. Hablamos con muchos productores chinos y taiwaneses que no salen en los medios ni están en la primera línea de la noticia. En esos casos el encargado de márketing también es encargado de ventas lo cual es a su modo una ventaja porque el mismo tipo que te hace el brief como prensa luego conversa con soltura sobre precios y tiempos de entrega.

Entre medio, nos dimos maña hasta para salir en TV. Como esta era la edición número 30 de Computex había todo un cuento con 30 niñitas que representaban cada uno de los años

Pero más importante, una maestra de ceremonias. Muy bonita ella, muy simpática y buena para bromear. Iba saliendo de la sala de prensa (donde hay café e internet) cuando me agarró de un ala y me dijo: Momentito ¿Tú eres prensa? Como me vió con la acreditación y la pinta de no ser precisamente local, llama al camarógrafo y me hace una pequeña nota de prensa. Y yo, en vez de amilanarme, saqué todo un cuento sobre la necesidad de que los productores taiwaneses y chinos saquen alternativas al iPad, y que en estas instancias se ve a Taiwan con China continental colaborando lo cual los hace más fuertes y finalmente que me prestaran un pisito porque me daba vergüenza ser más bajito que ella.

“Ah, no te aproblemes”, me dijo, son estos tacos. La pobre andaba con unos tacos de 15 cm pero igual, en cámara salí más tacuaco que el Pony Ruiz.

En cuanto a la feria misma, que creo que vieron extensamente cubierta por mí y por los reporteros de CHW que procesaban mis envíos, hay poco que añadir, salvo que todo el mundo te regala algo. A veces es un flyer, otras un abanico plástico, un monito, un llavero, una funda para el celular, un catálogo impreso a todo lujo. Otro te regala una bolsa para que eches lo que te van regalando los demás y al final, cada día llegas al hotel y empiezas a desprender las tarjetas de los catálogos y a deshacerte de ellos porque simplemente no hay donde meter tanto papel. En un momento calculo que tuve un alto de 30 cm de flyers y catálogos en mi velador, y en su conjunto fácilmente me añadían unos tres Kg a la maleta además de ocupar espacio.

En el aeropuerto, al domingo siguiente, tuve que deshacerme de los últimos cuatro catálogos: Asus, Gigabyte y MSI, con dolor de mi corazón porque tenían una presentación realmente impactante, con serigrafías y relieves. Esos tres fueron el kilo y medio que me permitió quedar en 23Kg y poder subir al avión.

Entre recorrer los pasillos y acudir a los eventos de prensa que se hacen en auditorios cercanos, uno está todo el tiempo corriendo y todo el tiempo atrasado. Entre medio, nos dimos maña para almorzar en el food garden que hay debajo del Taipei 101 y comer comida china en China (en rigor, Taiwan es Republic of China así que no estoy diciendo ninguna imprecisión). Este es el menú, al menos la hoja de lo que parecían los platos de fondo:

Cada platito cuesta entre CLP 1600 y 4500. Nosotros (estaba con Óscar de MadboxPC) no pedimos mirando los precios pero nos tomamos cada uno una sopa (la de él picaba como rediablos, la mía de pollo y choclo era dulzona) y luego compartimos una omelette de camarones con hierbas chinas y un tofu picante, todo acompañado de varios bebestibles porque transpirábamos harto. No recuerdo si pedimos arroz, pero en total salió como 13 lucas. Es barato comer en Taipei, incluso en locales establecidos.

Otra anécdota me pasó un día que tenía que ir del TISCC a Nangang Hall. Hay buses gratuitos que pasan cada 5 minutos, pero a ciertas horas van absolutamente llenos. Un día se me estaba haciendo tarde y estaba en la fila, cuando un gringo dice a toda boca: el taxi a Nangang sale como 200, yo estoy atrasado, quién se va conmigo? Y todos calladitos, achunchados, como si el pobre pelado más esmirriado que David Spade los quisiera llevar a un peladero. “Vamos!” dije yo, y partimos.

El gringo se llamaba Ken, venía de Wisconsin y era profesor de inglés. Llevaba varios años viviendo en Taiwan y daba clase como en 5 institutos, sumando un sueldo de unos USD 60.000 al año: nada de mal! Me contaba que antes había trabajado en Arabia Saudita, pero se aburrió. Dijo que el estado controla la vida de la gente, sobre todo de los extranjeros. Que el empleador le retenía el pasaporte y le asignaban el depto donde vivir, que todavía se administra justicia al estilo antiguo incluyendo manos cortadas y mujeres lapidadas. Pero lo que finalmente le colmó la paciencia, fue cuando un colega de él, otro gringo del medio oeste, tuvo la mala idea de contestar el celular en un avión que se aprestaba a pedir pista en el aeropuerto árabe. Al gringo imprudente lo bajaron a tirones, lo inmovilizaron en la manga de abordaje, le subieron la camisa y le zurraron 20 latigazos.

“Listo, eso sería todo” dijo Ken, y se fue a Taiwan. Eso había sido hace 7 años y no sabía si se quedaría para siempre en Taiwan, pero no se veía de vuelta en USA.

Qué increíble estar del otro lado del mundo intentando enseñar inglés en un país donde todos hablan inglés pero lejos el peor inglés del planeta. Hablar inglés con los taiwaneses es una experiencia única. No me refiero a la gente de Computex que habla mejor que yo, sino a los taxistas, los kioskeros, el señor que vende vejigas de pollo, etc es una experiencia que tiene más de gestos que de inglés. Si usas palabras un poco elaboradas como “spleen”, “liver”, “bladder” para intentar saber qué parte del pollo te estaban vendiendo es una pérdida de tiempo. Era mejor decir chicken y apuntarte al vientre para confirmar que era algo de adentro del pollo. Decir “straightforward” para pedir la ruta más rápida al taxista no tenía sentido. Era mejor pegarte en la muñeca, decir “hurry up” y luego rezar… porque manejan de oído.

Decidí que si los taiwaneses pueden recibir millones de turistas angloparlantes al año con ese nivel de inglés, entonces yo podía hablar la lengua de Babel, y un experimento que hice fue intentar hablar con cada turista que me encontrara su propia lengua, aunque saliera pésimo. Mi diálogo con turistas japoneses no salía del todo mal, de tanto ver animé y hacer esos tutoriales online. Incluso en dos ocasiones un interlocutor taiwanés entendió la palabra en japonés ya que no en inglés (Entendían toiré pero no bathroom). Con Italianos obviamente me iba bien y con un viejo alemán al menos pude presentarme y decirle que era de Chile. Con los Holandeses y Suecos, en cambio, me doy cuenta de que no sé ni una sola palabra en su idioma. Qué lástima porque son de los europeos que mejor me caen. Lo importante es animarse y decir: “si los taiwaneses del Shilin Night Market hacen como que hablan inglés, entonces yo hago como que hablo en farsi, húngaro y gaélico”. Se pasa muy bien chamullando en idiomas que apenas se conoce.

Caminando por Taipei

Me dí vueltas por todos lados. A veces iba a sacarle una foto a la estructura colgante de la estación Jiantan, otras veces la rodeaba para fotografiar el cerro, un monasterio o templo que es lugar de peregrinación  y la residencia de Chiang Kai Shek que vemos en la segunda foto.

Lo importante es que en mi estadía mi costumbre no era elegir un lugar en el mapa y dirigirme a visitarlo, sino bajarme en cualquier parte  y luego caminar hasta encontrar algún elemento reconocible en el mapa.

El jueves 3, en vez de tomar Taxi de ida, me subí al metro. Los metros son casi todos iguales en todas partes del mundo y, como les digo, mi hotel quedaba tan lejos que no importaba dónde me bajase estaría más cerca del centro. Compré una ficha de NT 45 y luego pregunté si me alcanzaba para toda la red. La chica de informaciones, muy simpática, me dijo que la gente hace el proceso inverso: vé dónde quiere ir y luego compra la ficha que le alcanza para llegar ahí. En mi caso, quería llegar a Central Station y bastaba con NT 35, por lo que se ofreció a reembolsarme la diferencia. Le dije que me daba lata hacer trámites y me fui no más.

La vista desde el metro es bien atractiva, pero después de un rato se mete bajo tierra y es un túnel como cualquier otro.

El contraste es que uno está en un barrio que sinceramente es como el barrio chino de las películas

Y al salir de repente plaf! Estás en una capital de vanguardia junto al segundo edificio más alto del mundo después de la espina de Dubai.

Pero así como uno podía salir del metro y encontrar sorpresas maravillosas, también podía vivir chascos. Un día le pregunto a un taxista por qué no se veía prostitución en las calles de Taiwan. ¿Prostitución? Me pregunta con cara de inocente, y yo que ya había perdido el decoro occidental hice la mímica de… bueno, ya se imaginarán. Así que el taxista no encuentra nada mejor que llamar a la policía y me pasa el celular. “¿Aló?” Pregunto sin entender nada. “Señor, usted está solicitando prostitución, y la prostitución es ilegal desde 1997. Solicitar tiene una pena de un año de cárcel”. Ya me imaginaba cantando “Like a Virgin” en una capacha taiwanesa, pero salí airoso del paso. Le expliqué que preguntaba cómo hacían para evitar que hubiesen chiquillas en la calle, que en mi país era algo tan natural que nadie se ofendería por hacer esa pregunta, y que yo no estaba pidiendo algo más que una opinión. De alguna manera me creyó y el problema terminó ahí, pero me bajé pocas calles después porque tener a Judas al volante no era grato.

El lugar donde me bajé se veía como cualquier barrio de la ciudad pero el tipo de comercio era bastante opaco. Mucho taller mecánico, muchos locales cerrados o abandonados, y aunque caminé y caminé no logré dar con ningún monumento, plaza o museo identificable. Adicionalmente empecé a notar que estaba mareado y tenía muchas nauseas. Me sentía enfermo y absolutamente perdido pero era irónico: sabía que estaba en Taiwan, y dentro de éste, en Taipei. Ya cualquier otra información es irrelevante ¿Acaso estaba menos perdido en el hotel? Luego recordé que tenía la dirección del hotel en el bolsillo y se la pasé al primer taxista que pasó.

Cuando llegué al hotel comprobé que estaba ardiendo en fiebre. Cancelé mi citas del día y me metí a la cama, en donde me dediqué a ver pasar las horas e hidratarme a conciencia.

Morning Market

Ya más sano (aunque no completamente) decidí volver a recorrer el barrio. Así como en las noches se hacía en Shilin Night Market con chucherías para comprar y aberraciones para comer, en las mañanas se hacía un mercado mañanero en las mismas calles.

Salír al mercado mañanero es enfrentar  una verdadera feria. Los carritos e improvisadas vitrinas de la noche son reemplazados por cajones donde venden verdura fresca y animales vivos y muertos. Hay algunos carritos de comida pero menos, y en cambio se ven peces extrañísimos y pajarracos negros. Por desgracia no son muy dados a las fotos y además como están gritando sus verduras, como que son super bruscos.

En el morning market se ven toda clase de animales y verduras en su estado original, y muchos de ellos que no venden en la noche puedes comerlos acá, como los cangrejos. De todos modos era un poco brutal como los mataban y abrían: los azotaban contra el piso (que tampoco estaba muy limpio).

Para mi sorpresa, a diferencia de todas las fritangas que había probado antes, acá los animales -particularmente los peces- se me antojaban limpios y sanitos. En cambio las verduras, interminables vainas y tubérculos de aspecto improbable, me producían una vaga inquietud. Era como se describiría el buffet de ensaladas de un cuento de Lovecraft. Si alguna vez Nyarlatothep se comíó un vegetariano les doy firmado que lo prepararon ahí.

Lo importante del morning market no es tanto lo exótico de lo que se vende, sino la ubicuidad del concepto de mercado que manejamos en todo el mundo. Esta gente llega de los campos o del mar con su producción, y las amas de casa y dueños de restoranes se abastecen al amanecer mientras todos circulan apretujados, todos ofrecen su producto a grito pelado y en tu cara, y las motonetas llegan y se meten asumiendo que la gente se hará a un lado. Presencié muchos “mini-atropellos” y eran lo más natural, lo cual no quita que a veces desencadenaban una discusión a gritos.

Recuerdo del mercado no sólo el olor y el gentío, sino el sonido omnipresente del machete bajando y segando las vidas de pollos y peces que eran decapitados como si nada. Las cabezas no las botan, por cierto, es parte de la comida.

Hora de Partir

A mediodía del domingo el taxi me pasó a buscar para volver al aeropuerto. Me despedí de todos con mucho cariño. Cariño verbal quiero decir porque cuando no se saben los códigos de expresión corporal mejor no intentar los abrazos.

En el aeropuerto estaba lleno de japoneses, diría que el 95% de los viajeros eran japoneses, es una delicia escucharlo hablando y sentirse en un animé, además los infantes japoneses son mucho más amistosos que los de Taiwan, al punto que se acercan balbuceando a meterte conversa en un japonés de niño de 2 años, exquisito.

Junto con turistas y hombres de negocios había muchos monjes que iban a peregrinar a los templos taiwaneses. Por el contrario, los taiwaneses no me dió la impresión de que fuesen muy ceremoniosos, y no se veían monjes en la calle. No pescan mucho sus templos y no tienen empacho en vender patas de pollo fritas en la puerta de unos templos centenarios y milenarios. No les importaba.

El aeropuerto Taiwanés aeropuerto igual tenía un área de counters gigantesca. Probablemente en su conjunto no le llega a los talones a Shiphol o Charles de Gaulle, pero es considerablemente grande y rutea muchos vuelos regionales a ciudades chinas y japonesas.

Mi espera de varias horas previa al momento del check in se me hizo bastante larga. Me dolía todo, me ardían los ojos por dormir tan poco y seguía afiebrado. Me consolaba pensando que el Duty Free de Taiwan sería el paraíso de la electrónica, y esperaba comprar todos mis regalos aquí en vez de en Shiphol o Charles de Gaulle. “acá es donde voy a reventar los dolares que me quedan para llevarle unos buenos regalos a mi hijo” me dije.

Entre mi cansancio y la fiebre, combinados con el calor de un país tropical y el aire acondicionado al máximo, tenía frio y calor a la vez. Al menos no era el único: los japoneses andaban resfriadísimos por ese mismo contraste.

A todo esto hace un rato el note murió, se apagó sólo y no prendió más, y yo en vez de enojarme digo: esta es la excusa perfecta para comprarme un autoregalo y salir con el asus T101MT o uno de los otros convertibles… pero no. Revivió. Maldito.

Sin saber si estaba resfriado, intoxicado o con qué enfermedad, asumí que lo que fuera que tuviera sería peor si le añadía alcohol, así que mi último trago fue el miércoles por la noche y el resto del tiempo me dediqué intensamente a los jugos de naranja Minute Maid. Además dejé de comer excepto por unas tostadas al desayuno. Ustedes pensarán que con eso uno baja de peso pero no. Si te tomar 12 a 16 jugos al día, y cada uno tiene 200 calorías o más, en la práctica engordas. De todos modos gracias a los jugos de naranja sobreviví en la parte mala de la enfermedad y luego ya me atreví a volver a comer, en Holanda.

Cuando abordé me sobraba un kilo y medio en la maleta y debí deshacerme de varios catálogos de los grandes fabricantes taiwaneses: Gigabyte, MSI, Asus… todos ellos de excelente factura y a todo color. Pero bueno, quité esos elementos, pasé con el peso justo y luego me enchufé como 2 gramos de paracetamol y un jugo helado para bajar mi temperatura, no fuera cosa que me escanearan afiebrado al salir y me dejaran en cuarentena. Por suerte eran sólo ideas mías: no tuve problema.

Lo que sí, debí tragarme mis palabras respecto a mis intenciones de comprar todo en Taiwan: era carísimo! Uno de los Duty Free más caro que he visto porque  son marqueros: gucci, louis vuitton, y cosas más exclusivas. En la parte electrónica: un robo, las memorias de 128GB costaban como 300 dolares. Los telefonos HTC mas caro que en Entel, y los netbooks Asus como 600 a 700 dolares. El famoso tablet T91 costaba más de 1000 dólares: olvídenlo.

Nos dieron apenas una hora entre que pasamos inmigración, y que tuvimos que abordar, lo hice todo corriendo y con mi enfermedad o cansancio terminé sudando como bestia y maldiciendo a los taiwaneses. Compré eso si un par de regalillos incluyendo un bolso Targus porque el mio se rajó.  Compré uno de esos cuadrados grandes con rueditas, equivalentes al máximo del equipaje de mano permitido y me aforraron 165 dolares, pero es creo que el mejor bolso que he tenido. Puedes meter el notebook adentro y luego tirar el bolso a las cataratas del Niágara confiando que saldrá intacto. Tiene mil divisiones interiores, y todas son acolchadas, y además trae estuches por dentro para el notebook mismo, y uno más pequeño para lápices. En realidad, un bolso de lujo y yo solamente quería echar una polera sucia, mi notebook y algunos artículos de aseo.

Después de un vuelo corto (corto de 3 horas) a Bangkok en donde también transpiré como bestia y me hidraté como pude, en ese aeropuerto compré un par de regalos, pero no me sentí bienvenido en Tailandia. Como que todos te miran feo y miraron feo mis billetes de 100 dólares. Pasé uno y me dijeron no, too old. Les paso otro y “no, this serie too imitated” y el tercero lo miraron a contraluz hasta que le vieron la calavera a Benjamin Franklin, muy desagradables, creo que  no quiero volver ahí.

Volamos toda la noche y me tenía que levantar cada una hora a tomar algo de líquido. Tenía la boca seca y mi lengua parecía un cactus, me daba cuenta de que lo que fuera que me había enfermado se ponía peor si dejaba de tomar líquido, y ya que no puedes subir botellas de jugo a los aviones dependía de la buena voluntad de las auxiliares de vuelo. KLM es una aerolínea muy amable y te dejan sacar jugo toda la noche. Supongo que esto aplica a casi todas las aerolíneas pero en KLM lo dejan todo en un lugar accesible. Esa noche vi Alice in Wonderland, 2012 y Percy Jackson el Ladrón del Trueno.

Llegué a Shiphol, Amsterdam, a las 7  y media de la mañana. Había sobrevivido a la primera noche enfermo en el aire y me dirigí raudio a tomar desayuno con  jugo de tomate (agua, potasio, vitamina C) y panini de tocino huevo (rico). Tenía varias horas para abordar a Paris asi que me dispuse a hacer unas compras, me cambiarme de roba y asearme un poco.

Cambiándome en el baño en Shiphol

Cuando fui a cambiarme de ropa en Shiphol elegí el baño más alejado para hacer mis cosas, el mismo que había usado a la ida.

Necesitaba cambiarme de ropa y quería darme un baño de toallas húmedas al estilo Tom Hanks en Terminal, además de echarme abundante desodorante. Todo esto por consideración a mis vecinos de asiento para que no fueran a sentirme hediondo. Yo no sé ni por qué me molesto, si nunca me ha tocado un rosal al lado. Más bien tengo recuerdos memorables de gente maloliente.

Así me metí con todas mis cosas a un cubículo bien espacioso, bien limpio e hice lo mio mientras aprovechaba de pasarme unas toallitas húmedas, cuando en eso se mete un tipo al cubículo del lado y empieza una cagadera fenomenal, de esas que son como con 5 consonantes distintas. Yo por ninguna razón en especial andaba trayendo un cartón de un juguete para mi hijo con la intención de recortarle solamente la pieza de la contraportada que contenía fotos del juego. Así que de puro pesado agarré el cartón y lo fui rasgando, y el cartón sonaba RRRRRR y el tipo del lado PRFFFT PRF PRF PRT PRT FRTTTT y en eso escucho que está llegando gente (raro, si en mi baño perdido no entraba nadie), y que decían “this is the demolition team” así que dejé el juego y me apuré en terminar pero por ley de Murphy el desodorante no lo encontraba, y busqué en una bolsa del duty free y nada… así que busqué en la otra y nada, obligado a desarmar el bolso y haciendo equilibrio sobre las chalas para no tocar el suelo a pie pelado me fui contra un bastidor, de vuelta le pegué un accidental codazo a  las paredes del cubículo asi que el que estaba a mi lado sale y dice al que sigue:”this guy is serious”. Entre medio con desarmar el bolso y enfermo como estoy, me transpiré entero y me intenté secar con la polera que iba a descartar antes de ponerme la que decía “Amsterdam” y seguian llegando gringos y un niño que por el acento era negrito dijo “daddy we’re missing the plane”. Resulta que era una manga de gringos irresponsables que abordan cuando les quedan 2 minutos y entonces recién se acuerdan de hacer sus necesidades, y justo toda esa ala era de vuelos gringos.

Todos se quejaban y me golpeaban la puerta, claro, como si fuera culpa mia que los irresponsables no estén en el gate, como buen chileno, con 5 horas de anticipación. Así que me recompuse, salí con cara muy digna y los miré a todos a ver si alguien me decía algo. Tenía mucha rabia y molestia porque me interrumpieron, y porque con la transpirada del caso quedé más sucio que antes de limpiarme. Así que salí de ahí sin mirar atrás, y me fui echando pestes contra los gringos con mi nuevo atuendo: polera de Amsterdam y zapatillas de levantarse que parecen zuecos naranja. Son perfectas, compré para mi hijo, mi señora y mi suegra. La gente me miraba los pies y los holandeses sonreían. Me sentí el rey del asado.

Después me fui a comer un sandwich de salmón del mar del norte que es distinto al nuestro -no digo que el nuestro sea malo- más rojo y muy intenso. Regué el bocadillo con un litro de té helado para acumular hidratación, y terminé de gastar los minutos de conexión que había comprado. Después pasé por otro dutyfree a comprar dulces y leseras para rellenar la compra. La señora que atendía me sugirió que en vez de andar con bolsa de duty free de taiwan, tailandia y amsterdam, mejor me pasaba dos bolsas grandotas y metíamos todo adentro (oiga!) le dije pero no entendio. Asi que ahora salí de ahí con una que parecía bolsa de pañales de lo tiesa que quedó, y otra que aceptaba un par más de leseras.

Pasé policía internacional y no había nadie, así que aproveché de ir al baño y esta vez sí hacerme un recauchaje como corresponde, quedé oliendo a rosas y sin sentirme como un calcetín humano. Al pasar PI no me tocó el policía igualito a Cluivert, pero sí uno futbolero. Me vió la polera y me preguntó si me gustaba holanda, y cuando vio que mi pasaporte era chileno me preguntó cómo pensaba que nos iba a ir. Yo que soy fan de holanda desde la eurocopa de 1988 con Van Basten en la cancha me largué a hablar y menos mal que no había nadie más en la fila, porque estuvimos como 10 minutos hablando de futbol.

Abordando el vuelo a París

Luego abordamos el avión y en la fila los tipos de adelante eran unos iraníes de lo más buena onda, hablan arabe con acento mexicano. Obviamente salió el tema Chile = Mundial, que cómo les va, que si España pierde con Suiza y nosotros les ganamos Chile clasifica primero, etc y yo muy tranquilo diciendo que basta hacer un papel honroso y no agrandarse.

Las azafatas que te dan la bienvenida eran muy amables. Vieron mis pantuflizuecos y dijeron: “are they comfortable?” “very” les dije yo. Y le dice a la otra “Perhaps now we’re going to win one”.

En el avión que era estos de dos filas de 3 asientos, la azafata del fondo era una francesa muy pesada. Como no iba lleno 2 pasajeros quisieron cambiarse al otro lado del pasillo y les dijo no: el avión se desbalancea. Yo le dije: “bueno en ese caso en vez de París llegaremos a Copenaghe pos” pero me miró la muy francesa y no dijo nada, sólo no autorizó el cambio.

Resulta que cuando subo el maletín veo que detrás mio venía una gringa, ya de unos 40 o 42, bonita pero sencilla, una versión de Emily Watson menos perfecta. Ella levanta apenas su maletín y yo le ayudé, y le digo, besides its a nice bag (gucci). Me siendo a duras penas, me preparo para dormir y siento que me dice: so, that is a latin accent. Se había sentado al lado mio, era de Canadá. Al otro lado de ella estaba un argelino que también resultó ser muy simpático. Les contaba sobre las locuras de Taipei y se reían, y luego el avión partió y yo les dije: “this is the first time in 9 days in which I feel safe sitting beside sane people”. Y me quedé dormido antes que terminara el ascenso. Desperté brevemente cuando la azafata experta en aerodinamica nos ofreció entre galleta dulce o salada. Ann me tocó suavemente el hombro y le dije a la azafata, imitando inconscientemente su inglés afrancesado: Rien per moi, merci. Y volví a dormir.

Desperté cuando anunciaban la llegada a París, o sea dormí como 30 minutos, eso totalizaba como 11 horas en 6 días. Ann me vio despertar y en vez de mirarme como si fuera un bicho raro me dice: you know you’re sleep deprived. Que dulce era Ann, me emociono no por que fuera linda o MILF sino que es tan valioso tener una persona cálida después de tantos chinos tosiendo a gritos y escupiendo al suelo, o thai que no hablan y hacen fila para el baño incluso en el aterrizaje porque no entienden inglés.

En los 10 minutos que quedaban caché que Ann había estado hablando con el argelino (que estudiaba primer año de Ingeniería en algo de IT en Calgary) y nada menos que de religión. Él musulmán moderado y ella católica mariana comprensiva me dieron la bienvenida como librepensador integrista y yo les hablé sobre la similitud entre el tao te ching y el inicio de San Juan, y cosas como sea, sobre que pasábamos por la isla donde quemaron a Jacques de Molay y sobre cómo incluso un acto tan bárbaro es hermoso para el orden universal, porque le dio forma a lo que somos hoy mediante la secuencia de actos que siguieron.

Fue algo fascinante, despues de estar peregrinando por tierras extrañas cuyas pesadillas aún me acompañan, compartir con ellos el don de la palabra y la gesticulación similar.

Salimos conversando con Ann, esta vez ella me llevó una de las bolsas del duty free hasta la salida. Ella se fue a buscar su equipaje y yo a tránsito. Le dí mi tarjeta y deseo desde el fondo de mi corazón que nos volvamos a encontrar.

Charles de Gaulle, la espera

Ahora estoy en Charles de Gaulle haciendo hora pa mi vuelo de las 23:20 pero repito, no hay como Shiphole. Los funcionarios aeroportuarios franceses no son muy dados a hablar inglés, y  tratan pésimo a los inmigrantes de sus colonias, los hacen pasar a un cuarto intermedio donde los revisan enteros. Lo peor es que desde el otro lado, o sea las tiendas del duty free, tiene re poca privacidad, se ve toda la revisión que hacen. Llegan los senegaleses con unos trajes preciosos que tú te das cuenta de que dentro de sus costumbre son trajes elegantes. Los reciben mal  y los revisan como si fueran a contagiarles alguna enfermedad letal ¿La amabilidad? ¿La humildad? ¿La calidez? Pucha ojalá se contagiaran.

Al menos, el terminal 2E donde me tocó esperar las últimas 9 horas de viaje era mucho mejor que el que tuve antes a la ida. Había mil baños y tiendas baratas y puedes comprar comida en locales no atestados. Pensé que era porque no había vuelos saliendo, porque me faltaban 5 horas para abordar o qué se yo, pero no, el sector era más agradable y menos atestado. No parecía hormiguero como el 2F que me tocó esa vez.

La gente de color que atiende en el comercio es, a diferencia del francés blanco, muy amable, son empleados cálidos y amistosos. Cuando la tarjeta de crédito se negaba a funcionar con  pinpass (tarea para el santander, yo ya validé mi pinpass en Stgo) no me la tiraban  por la cabeza sino que llenaban amablemente un formulario y cobraban  al estilo “por firma”. Gracias a eso pude almorzar y comprarme otro calzoncillo y otro pantalón cosa que postergué imprudentemente en Shiphol.

Para escribir mis últimos posts necesité un adaptador de electricidad y un acceso a internet. El adaptador me salió malo, no entraba por completo en el hembra francés y el note no cargaba. Así que partí raudio y furioso por las terminales diciendo que estos franchutes no tienen vuelta, cuando en eso veo a una japonesita que se rinde con la maquina de bebidas, que tienes que empujar la moneda por una rampa y luego terminar de ingresarla con una pestaña, como un pinball. La veo ir como dándole explicaciones al pololo y la paro: “may I help you, what do you need”. “Water” me dice, y me muestra un fajo de dólares. Le digo “you need euros, and in this case, euros coins. This one’s on me anyway”. Y saco la moneda de dos euros y le digo mientras la inserto: “a stupid method by crazy people”. Me dice: “how much” y yo ahí la corono y hago un gesto de reverencia y negación agregando “accept this, onegaishimasu”. Esa fue una de mis dos pequeñas venganzas contra la rabia que tenía contra el sistema aeroportuario francés.

Luego voy donde el que me vendió el adaptador y le digo: “this adaptator is defective”. Me dice: “no, give it to me” y lo enchufa en la pared pero con un golpe de por medio, y me dice: “give me your laptop” y me muestra que la batería prende. Claro, eran super buenos los adaptadores, hay que darles casi un puntapié. Por esto pagué 5 lucas? Pero me dió una solución y yo eso lo aprecio. Al menos no se negó rotundamente a probar nada como hubiese hecho el estereotipo de francés arrogante. Es que claro, el señor que atendía era medio moreno.

Yo le digo: “You’re not french, are you? Where are you from” Y él pone una cara como diciendo: “típico, me van a acusar a mi supervisor. Ya ok soy inmigrante, anda y acúsame” y dice: “India” y yo le digo, “thank you, it takes a non french person to offer a reasonable solution” y le dí la mano. El indio se mató de la risa. Yo aprendí de su ejemplo y al volver a mi puesto hice entrar el adaptador a la fuerza, gracias a lo cual pude leer y escribir mis últimos posts y correos. Decidí dejar el adaptador en su lugar, porque era de tipo universal y yo espero no volver en mucho tiempo a este lugar. Así me desquitaría todos los días un poquito del dueño de la tienda donde trabaja el indio y le haría un  bien a la gente para que no tenga que gastar 8 euros ni pegarle combos a los adaptadores que el pobre indio debe vender y defender. Y una crítica silenciosa al sistema aeroportuario francés que  no es capaz de ponerle enchufes universales a los aeropuertos como hay en Shiphol.

En eso estaba cuando, dicho y hecho, veo a un chinito peleando con el enchufe y le dije, usa este, lo arriendo por horas. ¿Qué? Me dice… pero bueno, si no entiende inglés menos va a entender un sarcasmo. Al final usamos mi adaptador. Luego me hace el gesto “internet”. Pucha cómo le decía que hay que ir al final del terminal y comprarle una hora de conexión a un negro bonachón…. en fin, opté por acompañarlo. El negro le dice: “boarding pass” y el chinito de nuevo “¿Qué?” así que filo, usamos el mio. Volvió y entró a la internet, pero el sistema de telecom necesita que no bloquees los popup. Ahí si que nos fuimos a la punta del cerro   porque era un Mac, y safari en chino se entiende menos que en la versión normal. Pero de alguna manera se las arregló.

Estuvimos conversando y resulta que venía a Santiago. Tiene una agencia de transporte en Shanghai y deja las cosas en Iquique. Alex, se llamaba. Durante el resto de la tarde, si uno iba a comprar o al baño el otro cuidaba las cosas. Muy agradable tener un aliado en la zona de espera. Finalmente llegó la hora de embarcar y ahí separamos caminos.

El viaje a Santiago fue el más ingrato del que tenga memoria. Primero me tocó una delegación de como 30 estudiantes irlandeses, que pasaron toda la noche de pie, hablando fuerte, cambiándose de asientos, tirándose cosas, acaparando el baño, etc. Segundo, me tocó ventana y mi compañero de asiento era un francés que venía más cosido que botón de oro. Se quedó dormido y no hubo caso de desperarlo para ir al baño, se me venía encima y olía como una sinfonía de pies, sobacos y vinagre de mal Beaujolais. Yo no sé por qué me preocupo tanto de andar comprando calzoncillos y pantalones nuevos, o de asearme en la precariedad de un baño de aeropuerto, si al final siempre me tocan unos bouquet al lado que dan gusto. ¿En qué quedamos?

Pese a ser mi peor vuelo, esa noche dormí un poco más de puro agotamiento. Casi 4 horas y por lo mismo sólo pude ver  Avatar y el resto del tiempo sólo escuché algo de Jazz, aunque la selección de jazz de los aviones es un poco cliché.

A diferencia del viaje en KLM, en Air France no tenía mucho líquido a mi disposición y lo pasé bastante mal. Diríase que llegué en las últimas a Santiago y horas después en la Clínica Santa María me lo confirmaron.

El final

He viajado por el mundo conociendo gente y razas muy distintas. Costumbres aberrantes y gente muy buena. He visto construcciones que le quitarían el aliento al  que hizo el Empire State, y edifcios que en su simpleza glorifican la historia.

He despotricado contra los Franceses pero sé que esto, la arrogancia de los aeropuertos, no es Francia, sino que Francia es la campiña que alimentó a Luis XVI y luego  guillotinó a sus descendientes forjando la democracia.

Los gringos no son los plomazos del baño de Shiphol, sino los que atravesaron 2000 km en carretas buscando un sueño con sus mujeres y sus niñitos, para hacer lo que hoy es California o Seattle.

Me he reído diciendo que los chinos son paganos, pero lo hago como una  forma de paráfrasis a Jorge de Burgos en El Nombre de la Rosa, una remembranza de la postura católica en el medioevo sobre la sabiduría de árabes y orientales. Cuando realmente importó, cuando ví uno perdido en el aeropuerto Charles de Gaulle, lo ayudé sin pensarlo mucho. Al final yo estaba tan perdido como él.

La gracia, estimados amigos, está en ver a la gente,  sentir a la gente y si es posible sorprenderlos con una frase en su idioma. No verlos por la TV cuando juegan futbol o hacen las guerras, sino los juegos tontos que los niños hacen con sus padres mientras esperan a que abra el counter. En esos mimos está la idiosincracia de cada pueblo.

Con esto cierro mi cobertura a computex, que por mi inexperiencia no fue tan cobertura, pero a mi gusto tampoco fue tan mala. A cambio, les dí esta otra cobertura, la de un peregrino mandado con un sitio web a lo que saliera. Espero que les haya gustado y se la dedico a toda la gente simpática que encontré en el camino. A Ann, la canadiense del avión Shiphol-Charles de Gaulle, a Alex que no sabe como comprar internet pero tiene una empresa que te deja las cosas en el puerto al otro lado del mundo. A Carolina, la guapísima asistente social chilena de temuco que casi no sabe inglés pero ha recorrido todo Europa sin miedo y a pura gesticulación. A Shitma, la tailandesa con que hablamos de cocina en el vuelo a Bangkok, y a John C Wang que en el vuelo Bangkok Taipei me dio como 200 tips que me sirvieron mucho. Sólo le faltó decirme “no comai en la calle tonto cochino” y no me hubiese enfermado.

Epílogo y poema

Este es un fragmento de un poema que le escribí a mi hijo en la mente mientras intentaba dormir en el avión. Cuando lo escribí no quedó igual pero le contaba que no puedo dormir porque en el avión lo intentaba y veía torrentes de imagenes, algunas reales y otras imposibles, que mezclan en el poco dormitar lo que vi y lo que la mente ha tomado, y explora que algunas personas se han perdido en esos sueños y han enloquecido, porque enloquecen los mejores hombres y por tanto también los viajeros. Acaso el hombre no se ha hecho para conocer tanto en tan poco tiempo. Lo iba narrando en tiempo real porque la frecuencia del motor del avión me obligaba a pensar en endecasílabos.

Y bueno, llegando a Santiago fuí a una infectóloga (preciosa, por cierto) para asegurarme de que no tuviera nada contagioso que me impidiera abrazar a mi hijo. La doctora me miró y me preguntó cómo había llegado hasta ahí sin desmayarme por la deshidratación. Me mandó a hospitalizar de inmediato. Me metieron 6 litros de suero en las siguientes 24 horas, más varias dosis de dos antibióticos distintos.  Nunca supimos qué bicho era, porque para cuando llegué a Santiago a lo mejor quedaba muy poco de él y las primeras dosis de antibióticos intravenosos lo mataron. El rastro en mi organismo incluyendo el daño hepático y anemia aguda sugieren que probablemente tuve fiebre tifoidea o salmonelosis. Quién sabe, lo importante es que estoy sano y que humildemente les pude traer esta historia.

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