Adiós compañero Jacinto (1999-2010)

Empezó en septiembre de 1999. El mecánico que le veía las micros a mi suegro encontró un perro vagando en la calle. De su cuello colgaba una cadena y un candado, y como el quiltro era bonito y peludo, lo recogió y se lo llevó de regalo a su patrón.

Llegado a la casa de mi suegro el perro, de no más de 3 meses, estaba muy asustado y se refugió debajo de una mesa que estaba al fondo del patio. Nadie logró sacarlo de ahí. Más tarde yo llegué a ver a mi señora (en ese entonces mi polola) y me comentaron del nuevo inquilino, animándome a ver si era capaz de sacarlo.

Nos conocimos así, él refugiado en la penumbra bajo una mesa roñosa, y yo agazapado para tratar de tomarlo. De a poco le fui hablando hasta que se dejó tocar, y a medida que le hice cariño se relajó y pude tirarlo fuera de su escondite. Esa misma tarde, mi suegra lo bautizó como Jacinto.

Jacinto tenía unas patas enormes que sus pocos meses anticipaban que sería un perro voluminoso. No nos equivocamos. Creció hasta ser un perro peludo, muy ancho, de unos 60 Kg de peso, no muy alto (mal que mal era quiltro) y muy fuerte. Algunas personas dijeron que era cruza de Pastor Alemán con Pastor Caucásico, otros incluso pensaron que su color rojizo era de algún pariente Terranova. Da igual, era un perro enorme. Menos mal que tamaña bestia era el perro más manso que he conocido, al punto de llegar a parecer tonto.

El tiempo pasó, mi señora y yo nos casamos, poco después mis suegros se separaron ante lo cual mi suegra se vino a vivir con nosotros (está claro, ahí me vacunaron con tutti) y mi suegro a los pocos meses decidió volver a su España natal. Sus dos perros, la Mona y Jacinto, pasaron a mis manos.

Yo en ese tiempo ya tenía al perro de mi señora (Chindo), más otro que recogimos que se volvió mi regalón (Nicanor) y la perra regalona de mi suegra (Pimienta). Con la dupla que nos legó mi suegro tuvimos 5, y en los 3 años que siguieron recogimos dos más, la Flaca y el Waldo,

Con 7 perros en casa la preocupación por las mascotas se convierte en asegurarse de que coman bien, no peleen entre sí, que estén sanos (vacunas, antiparasitarios, etc) y bueno, limpiar el patio varias veces al día para sacar las plastas. Sin embargo, debo reconocer que Jacinto no era de mis preferidos. Creo que me molestaba los destrozos que podía causar con su fuerza, como cuando pusimos una puerta para segregar una parte del patio y el perro la agarró a “patazos” hasta que rompió las bisagras. Tuvimos que ponerle pomeles de tamaño industrial para aguantar los embates del perro que siguieron intermitentemente con los años.

Fuera de eso, era un perro manso y peludo. Se dejaba atropellar por los otros que lo mordisqueaban (la mayor parte de las veces jugando) sin pegarles de vuelta. O en las tardes de frío, dejaba que los perros más chicos (que en la noche duermen en la loggia cerrada) le quitaran la casa. Él se echaba a la intemperie y no se hacía problemas.

El tiempo fue pasando, Jacinto se fue haciendo viejo y hace meses lo notábamos que comía menos. Además suponíamos que estando con sobrepeso, al agacharse a comer de su plato le faltaba el aire (por la papada) así que lo ayudábamos a comer sujetándole el plato.

Quiso el destino que esta semana, en un juego que se tornó más violento de la cuenta, el Waldo le mordió la cola y lo dejó sangrando. Al principio no le dimos importancia, pero como el sangrado no se detuvo lo llevamos al veterinario en donde determinaron que el mordisco le había perforado una arteria, así que lo cauterizaron, le hicieron un vendaje bien resistente y le dieron antinflamatorios. El perro, que aparentemente había perdido bastante sangre (y no lo notamos porque se la fue comiendo) estaba con anemia, pero después que pararon el sangramiento recuperó el ánimo y ayer comió con más apetito que en mucho tiempo.

Esta mañana, en cambio, lo vimos echado bajo la mesa del juego de terraza. No se levantó para saludarnos como hace siempre que salimos al patio. No se paraba y se quejaba cada cierto rato. El último capítulo de nuestra historia se escribió, entonces, igual que el primero, conmigo agazapado intentando sacarlo de abajo de una mesa, pero esta vez él no fue capaz de pararse ni yo de tirarlo.

Al final movimos la mesa, lo llevamos al veterinario y al tomarlo en brazos noté que tenía la guata muy hinchada y dura. Pensé que con el dolor de la cola a lo mejor estaba evitando cagar y tendría una indigestión caballa. En el veterinario comprobaron la distensión abdominal y viéndolo muy anémico, muy hipotenso y con algo de bradicardia, decidieron pasarlo a pabellón para ver qué tenía en la guata.

Al final, al abrirlo vieron que tenía el hígado completamente destruído por un cáncer que nadie se imaginó. Era una masa de tumores que se rompieron en alguno de los traslados, y el pobre perro estaba hinchado porque tenía 2 litros de sangre en el abdomen.

Nos dijo el doctor que no se podía tratar ni quitar los tumores, que era cosa de días, y que si queríamos él lo despertaba y lo llevábamos a morir a la casa. Al final, entre saber que estaba sufriendo, que le quedaban pocos días y que una operación al abdomen tiene un post-operatorio muy doloroso, decidimos ponerlo a dormir.

Estuvimos ahí cuando dejó de respirar, y minutos más tarde cuando se detuvo su corazón, Mi suegra (que desde hace años lo tenía por su regalón) y mi señora lloraban amargamente. Mi hijo no entendía nada y yo, bueno, yo lloro a través de las letras la mayoría de las vece. Este es por lo tanto mi homenaje y mi despedida a Jacinto, el primero de mis perros que me toca ver morir.

No pasaba mucho tiempo con él, pero cada noche cuando acostaba a los chicos le hacía un poco de cariño. Ahora quisiera haberle dado más, pero ya no hay remedio. Espero que haya tenido una buena vida y que no me haya considerado tan mal amo.

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