El poema del fin del mundo

Escribí el poema supremo

Quienes lo leyeron estallaban en llanto
o bailaban de alegría.

Ninguno quedó indiferente
ante el poema supremo.

Cayeron ciudades ante quienes leí
los versos del poema supremo.
La academia sueca se arrancó los ojos
para recordar como última visión
los versos del poema supremo.

Escondí la verdad a plena luz del día
qué otro sentido tendría
hacerlos buscar en vano.

(Mi poema es un secreto,
a lo mejor nunca lo escribí).
Nadie lo vió y volvió para contarlo,
nadie lo escuchó y conservó la cordura.

Dicen que algunos lo leyeron,
y no sintieron tristeza pero,
luego de leerlo, ya no quisieron vivir.
Dicen que a uno
los ojos le estallaron en llamas,
y cuando intentó copiarlo
se marchitó su mano
y con los días se tornó un muñón.

Escribí el poema eterno
o más bien lo canalicé.
Pensé que me llegaría un premio
y en cambio me juzgaron como asesino.

Prohibieron mi poema eterno,
lo derogaron y lo proscribieron.
Lo despeciaron al principio
y cuando vieron
que no podían combatirlo
intentaron matarme,
pero el poema siguió creciendo.

Algunos le agregaron un verso
escribieron su parte sangrando contra las murallas
de la ciudad catatónica.
Otros mearon una palabra manuscrita
que se borró con el sol
y algunos encerrados y olvidados
añadieron un verso de excremento
en cárceles y manicomios,
antes de caer fulminados por un rayo.

Me consideraron culpable
por todas las muertes asociadas
al poema supremo.
Me cobraron cada lágrima derramada
cada vena cercenada
y cada vida que pateó el viento
colgando de árboles y vigas.

Yo no había inventado el poema,
pero me parece muy apropiado.
No pretendía sobrevivir a mi poema,
no si creía honestamente en él.

Después de todo mi muerte
o mi eterna juventud
eran posibles versos del poema eterno.

Cualquiera me sirve para firmar la obra
y cerrar el mundo por fuera.

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